Posteado por: Mninha en: 19.09.09
Viendo mis fotos de Flickr para publicar alguna de las que se quedaron como privadas cuando subí las de Barcelona acabo de ver que, cuando hablé del Parque de la Ciutadella, me olvidé de poner una de las que más me gustan de todas las que hicimos aquellos días, así que me permito dedicarle una entrada para ella solita con el pie que le puse cuando la subí a mi galería (y también con el mismo título, el que encabeza este post).
Será un mamut, pero prefiero pensar que es un elefante. El caso es que esta reproducción de considerable tamaño se encuentra en el Parque de la Ciutadella de Barcelona. Al parecer formaba parte de un proyecto más amplio, pero al final el elefante/mamut se quedó solo.
Posteado por: Mninha en: 18.09.09
Hace algún tiempo conté por aquí que la web de viajes Schmap habia seleccionado y posteriormente publicado una foto preciosa que tomó mi marido del neblinoso Times Square cuando visitamos Nueva York hace un año. Pues la misma web ha preseleccionado otras dos fotos nuestras, en esta ocasión de Barcelona, y no suyas, sino mías, en concreto dos de las que tomé en Las Ramblas un domingo por la mañana, el día que volvíamos a casa. Como ocurrió con la de Times Square, no sé si finalmente serán publicadas o no en su próxima guía, pero de entrada me encanta que haya alguien por ahí echándole un vistazo a las fotos que hacemos. A ver si hay suerte.
Posteado por: Mninha en: 11.09.09
El segundo día en Barcelona fue tan intenso y agotador que decidimos tomarnos el tercero con un poco más de calma. O esa era la intención. Habíamos quedado para comer con nuestro amigo Javi, así que despejé nuestra agenda vespertina y programé una mañana más relajadita en la que sólo veríamos el Parque Güell, uno de esos sitios tan alejados que hay que ir expresamente y que no encajan bien con casi ningún otro itinerario.

No sé si se puede llegar hasta allí en autobús, pero ir en metro es toda una aventura, no porque sea complicado el itinerario subterráneo, sino porque hay que andar un buen trecho en cualquier caso, no importa cuál para escojas de las dos que se acercan por allí, Lesseps o Vallcarca.
La primera deja bastante lejos del parque. Hay que caminar como un kilómetro y pico por un camino en constante ascenso. Por ahí se llega a la entrada principal del recinto, que recibe al visitante con dos hermosos pabellones o casetas que parecen sacadas directamente de un cuento de hadas.
Una escalinata adornada con la salamandra de cerámica que se ha convertido casi en un emblema de Barcelona conduce a una gran sala techada pero abierta y decorada con un centenar de columnas (la Sala Hipóstila) y hermosos mosaicos de cerámica. Sobre ella hay un amplio mirador o plaza y junto a ella la Casa-Museo Gaudí, diseñador del parque (sí, aparte de construir edificios también diseñaba jardines y parques), además de unos viaductos porticados construidos originalmente para el paso de carruajes y que comunicaban con algunas de las vías más importantes de la ciudad.

Eso es lo que se ve si uno se baja en la estación de Lesseps. Nosotros lo hicimos en la de Vallcarca. Desde ahí hay que caminar también bastante, hasta que se llega a una vía irónicamente llamada Bajada de la Gloria. No es la Bajada de la Gloria. Es la Subida del Infierno, una calle tan empinada que en buena parte de ella han puesto escaleras mecánicas (en plena calle, algo de por sí llamativo). Pero no hay escaleras en toda la calle. Hay un generoso tramo que hay que subir y es tan vertical que en algún momento creí que me iba a caer de espaldas. Y no exagero. Al final de la puñetera calle se accede a una de las entradas del parque, eso sí, cuando has subido una buena escalera (no mecánica).
Cuando, al final de nuestro recorrido, llegamos a la entrada principal de la que hablaba más arriba, cambió bastante mi percepción del parque. Si no fuese por ese conjunto arquitectónico, no sería más que un parque periurbano como tantos otros (con unas vistas impresionantes de Barcelona, he de admitir, aunque no subí a su punto más alto por mi ya mencionado problema con las alturas y los miradores sin barandillas) que condensa la esencia del problema barcelonés con las sombras. Ni un solo camino o recodo en el que puedan sentarse a descansar los visitantes se beneficia de la sombra de la abundante vegetación. Ni uno. Los árboles sólo daban sombra a zonas por las que no se podía pasar. Igual piensan que allí no hace sol o que no hace calor. Se equivocan.
Al salir del parque, nos dirigimos a Lesseps (con una parada de refresco por el camino) para tomar de nuevo el metro y volver a la Pedrera, donde habíamos quedado con Javier. Él nos llevó a Goliard, un restaurante pequeñito donde nos pusimos al día (llevábamos un tiempo sin vernos) y comimos estupendamente.
Después nos dio un paseo por el barrio de Gracia y nos contó la historia de esta zona de la ciudad, originalmente un municipio independiente al que los barceloneses iban a pasar sus vacaciones pero que con el tiempo terminó siendo engullido por la capital catalana, algo con lo que sus habitantes no estaban (ni están) demasiado conformes y que demuestra, según nos dijo, lo arraigado que está el sentimiento independentista en los catalanes.
Un autobús nos llevó de vuelta al centro, y paseamos por la Plaza de Sant Jaume, tomamos un café (bueno, un té) en un pequeño bar perdido en las callejuelas del Barrio Gótico y nuestro guía compartió con nosotros su teoría de que la escasez (casi absoluta) de tiendas de las de toda la vida en las que comprar un simple cartón de leche evidenciaba que en realidad en el Barrio Gótico no vive nadie y que los aparentes lugareños son figurantes contratados por el Ayuntamiento para mezclarlos con los turistas.
Nuestra ruta terminó aquel día con una merienda en un sitio llamado Buenas migas (gran tarta la que me zampé allí; gracias, Javi) y nos despedimos, aunque volveríamos a vernos el sábado.
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Posteado por: Mninha en: 10.09.09
Si el primer día en Barcelona fue de callejuelas estrechas en las que el Sol apenas lograba perturbar la majestuosidad del gótico, el segundo le tocó el turno a las anchas y cuadriculadas avenidas (el Eixample o Ensanche, fruto de la ampliación –ordenada y planificada- de la ciudad) en las que era imposible encontrar una sombra en la que resguardarse del intenso calor que hacía y desde la que apreciar cómodamente las joyas del modernismo barcelonés.
Empezamos el día en la Sagrada Familia, adonde fuimos en metro y ante la que tuvimos que esperar, como es habitual, una larga y soleada cola (bueno, la esperé yo, porque mi marido aprovechó para hacer algunas fotos antes de entrar). El eslogan de la Sagrada Familia es algo así como que visitarla ofrece la oportunidad única de asistir a la construcción de una catedral. Y es cierto. Aquello está en plena construcción. Solamente se puede caminar por un estrecho (sobre todo teniendo en cuenta la gente que había allí) corredor, porque el resto está tomado por obreros, grúas y máquinas ruidosas y polvorientas.
A mi marido le encantó la Sagrada Familia por ese privilegio de conocer el nacimiento de un conjunto así. A mí no me gustó precisamente por lo mismo. Me gustan mucho las piedras, pero las prefiero terminadas y, a ser posible, viejas. Allí todo era demasiado nuevo. Pero es una apreciación personal, claro está. Sin embargo, admito que el edificio es impresionante (lo será aún más si llegan a terminarlo), y la única fachada que completó Gaudí, la de la Natividad, es deliciosamente abigarrada (la de la Pasión es hermosa también, aunque de un estilo completamente diferente).
Si no tenéis miedo a las alturas ni a esperar una cola kilométrica podéis subir a alguna de las torres, previo pago, porque no está incluido en la entrada (cuando nosotros fuimos sólo había un ascensor operativo y la espera estimada superaba las dos horas, así que pasamos).
Cuando salimos de allí bajamos caminando la Diagonal, rumbo al siguiente punto de nuestro itinerario: la Pedrera, un edificio de pisos (originalmente; ahora alberga oficinas y un museo sobre la vida de la burguesía barcelonesa en las primeras décadas del siglo XX) obra también de Gaudí y que condensa la esencia del arquitecto catalán y de todo el modernismo: desprecio por las líneas rectas (y las esquinas, lo que facilita sin duda la limpieza) y pasión por el color (que se concreta en el gusto por azulejos y baldosas multicolores).
Aunque las salas domésticas del edificio, con sus artilugios y enseres de principios del siglo pasado no deja de ser curiosa, lo mejor quizás sea el ático o buhardilla, un recinto oscuro pero acogedor (sin líneas rectas) en el que permanecen expuestas distintas maquetas y bocetos de la propia Pedrera y también de otras obras de Gaudí. Las vistas desde la azotea son impresionantes, pero entre el vértigo que me produce la altura y el que me producen los escalones (hay escalones literalmente por toda la azotea) no pude disfrutarlo demasiado (de hecho, me quedé sentadita mientras él hacía fotos).
Al salir de la Pedrera bajamos caminando por el Paseo de Gracia, en el que también se asienta la Casa Batlló, de nuevo de Gaudí. Cerca ya de la Plaza de Catalunya paramos a tomar un café en Laie, un establecimiento de dos plantas con una cafetería (estupendo café, por cierto) en la planta superior y una librería en la inferior (no creo que llegue a hacerlo nunca, pero siempre he querido montar una cafetería-librería). Tras el descanso, continuamos caminando por la Ronda de Sant Pere, donde nos topamos con la tienda de Gigamesh (que visitamos) y, al final de la avenida, muy cerquita del Arco del Triunfo, con la de Norma, en la que estuvimos un buen rato. (Alcancero nos recomendó otro sitio, Freak, que no conocíamos y que está también por esta zona; nos lo apuntamos para la próxima vez).
Y después seguimos caminando, por el Paseo de Lluis Companys y el Parque de la Ciutadella, en el que están el Zoo, el Museo Zoológico (el Castillo de los Tres Dragones), el Parlament de Catalunya y el impresionante estanque de arriba, también diseñado por Gaudí.
El recorrido continuó por la zona del Born (uno de los antiguos puntos neurálgicos de la ciudad) y así llegamos hasta Santa María del Mar, en cuyo interior estuvimos sólo unos minutos (estaban cerrando), suficientes para saber que tendríamos que volver y también para ver a Joan Gaspart con capa.
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Posteado por: Mninha en: 27.08.09
En alguna que otra ocasión nos hemos quejado de las llamadas privadas, también llamadas spam telefónico, que te persiguen incesantemente hasta que les coges el teléfono o se cansan (esto último es improbable). En casa hace tiempo que no molestan (crucemos los dedos), pero llevo como una semana recibiendo una media de diez llamadas diarias al móvil (algunas de ellas muy temprano, pero por suerte a esas horas tengo el teléfono apagado) del número 1485. Buscando información al respecto (una pesquisa que ha arrojado resultados más inocentes que la de negritas), he averiguado que el número en cuestión es de Telefónica, así que no creo que vaya a atender sus llamadas. La otra cosa que he descubierto (concretamente, en este artículo) es la siguiente presentación, que propone una forma adecuada de responder a este acoso, aunque no está de más mencionar las Listas Robinson, de las que hace unas semanas habló Drea en Bloglobosofía.
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