Esas cosas que nunca te habías planteado

Algunas personas saben cómo quieren que sea el día de su boda antes de saber qué quieren ser de mayores, y cuando por fin encuentran a alguien con quien compartir el día más feliz de sus vidas (y, claro, la vida en común posterior) deciden, discuten y finalmente pactan todos y cada uno de los detalles de su boda soñada.

Como saben los que nos conocen, ninguno de los dos encajamos con el estereotipo de bodorrieros profesionales, así que cuando finalmente decidimos meternos en este lío sólo teníamos claro que no queríamos más jaleo del necesario.

Pero el mundo-boda (tampoco el real) no se rige por nuestras laxas e indefinidas normas, sino que tiene sus propias reglas, que van más allá de cuestiones tan triviales como si el enlace será religioso o civil, dónde vas a celebrar el banquete o dónde te irás de luna de miel.

El desconcierto comenzó cuando fuimos al Ayuntamiento de Sevilla (departamento de Protocolo) a entregar nuestro último papel. La muchacha que nos atendió nos preguntó: “¿Cuándo os casáis?”. “No tenemos fecha”. “Pues vamos a ponerla”. Y la pusimos. Eso fue lo más fácil.

Después, las normas. No se puede tirar arroz y hay que llegar un cuarto de hora antes de la ceremonia, porque si llegamos tarde y se nos pasa la hora, nos quedamos sin boda. Tenemos que dar al Ayuntamiento la matrícula de un coche para que nos den permiso para aparcarlo cerca (no demasiado, por cierto) del Consistorio y los documentos (nuestros y de los testigos) que tenemos que aportar.

A partir de ahí, la funcionaria, cuestionario en mano, nos fue preguntando cosas para las que simplemente no teníamos respuesta, así que, como Indy, fuimos “improvisando sobre la marcha”. “¿Cuántos invitados?”. Silencio. “Bueno, en la sala caben como máximo 100”. “Pues pon 100”. “¿Traeréis anillos?”. “Mmm… sí, ¿no?”. “¿Y fotógrafo?”. “Mmm… suponemos que sí”.

Salimos del Ayuntamiento con fecha y hora para casarnos, envueltos una nebulosa de desconcierto, confusión y pánico por todo lo que se nos venía encima y con la seguridad de que lo peor estaba aún por llegar. Y encima llovía.

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