El vestido

O cómo comprar un traje de novia en media hora.

El tema del vestido era uno de los más peliagudos. Una, que (por suerte o por desgracia) ha visto muchas películas, iba preparada para lo peor, mentalizada para que una serie de tipas canijas, pijas y estiradas me hiciesen sentir como a Pretty Woman cuando iba a comprar trapitos en Rodeo Drive, con la desventaja añadida de que tengo una talla poco común y que encima no llevaba conmigo a Richard Gere para que, a golpe de American Express, postrase a los vendedores a mis pies.

Un vestido que no es el moEn su lugar, yo tenía a mi madre, desplazada expresamente desde tierras califales (o sea, Córdoba, mi tierra natal y hogar de mis ancestros) para acompañarme en tan ardua empresa. La recogí en la estación y, previo paso por el convento donde reposan y se veneran los restos de Santa Ángela de la Cruz, nos encaminamos a la caza de un vestido.

A ninguna de las dos nos gusta ir de compras por el mero placer de ver tiendas. Vamos a por lo que queremos y punto, y por eso fuimos directamente a la tienda que, a priori, tiene el catálogo más amplio: Pronovias.

(El menosprecio social a las bodas civiles no es exclusivo de mi familia. Valga como muestra este diálogo mantenido con la chica que me atendió en la tienda: “¿Tienes alguna idea?”. “Sencillo, sin velo, cola ni encajes”. “¿Dónde te casas?”. “En el Ayuntamiento”. “Ah, por eso lo quieres sencillito”. “No, lo quiero sencillito porque me gusta así”.)

Después de unos (pocos) minutos mareando las pesadas hojas de sus muestrarios, preseleccionamos tres, que unos segundos después se quedaron en dos. Bastó una mirada real a cada uno de ellos (o sea, al vestido en sí, fuera del catálogo) para escoger uno. Me tomaron medidas, dimos una señal (el vestido es, por cierto, carísimo: gracias, mamá) y fijamos la fecha de la primera prueba: el 10 de julio (“no sé dónde estaré el 10 de julio”, dije, a lo que una dependienta, que no era la que me atendía y que encaja con el estereotipo que apuntaba al principio, contestó: “Yo te diré dónde estarás el 10 de julio: aquí”).

Puede que fuera el azar, el destino o la visita de mi madre a Santa Ángela, pero el caso es que en media hora teníamos un vestido de novia. No sé si hay algún récord de esta especialidad, pero seguro que lo habíamos batido.

Yo creía que con el vestido ya medio pagado (un tercio, concretamente), mi madre se iba a calmar. Nada más lejos de la realidad. Su cabeza dio simplemente paso al resto de los detalles, como la ropa interior y los zapatos (“a ver dónde metes esos pies”, me dijo), con los que tengo que acudir a la prueba del traje (y sólo tengo cinco meses para comprarlos), el peinado y el maquillaje, el ramo de flores y algo que llamó muda de novia, o algo así, y que consiste en ropa para la noche de bodas, algo cuya utilidad se me escapa, porque probablemente pasemos la noche de bodas en casa y allí tengo pijamas y camisones de sobra que probablemente son mucho más monos y cómodos que lo que tiene ella en mente.

3 comentarios en “El vestido

  1. Es muy divertido todo lo que cuentas. A mí me pasaba algo parecido, me resistía a tener que pasar por todo lo que supone una boda, “aunque sea por lo civil”. El hombre termina en un momento, yo fui con mi futuro marido una tarde al Factori y se compró el traje, la corbata, la camisa, los zapatos y terminó. A mí me quedaban pruebas y más pruebas.
    Pero cuando ese día me bajé del coche allí en los juzgados, toda arregladita, me acerqué a Goyo y vi su cara de sorpresa,de admiración y me dijo: !Qué guapa estás! Eso fue lo más bonito de todo ese día. Cuando me cogió la mano y estaba sudorosa, de los nervios supongo. Eso fue increíble. Por eso, creo que sólo por ver la cara de mi hermano, te va a merecer la pena todo el calvario que se pasa. Yo creo que Goyo no me ha vuelto a mirar así salvo el día que nació nuestro hijo, que esa es otra historia para contar.

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  2. Me ha encantado verte, aunque sea por aquí, y tu precioso comentario. Definitivamente no es justo que ellos lo tengan tan fácil, porque además nosotras tenemos torturas adicionales como la peluquería y el maquillaje, a los que ellos no se tienen que enfrentar. Lo de Goyo es muy hermoso aunque, conociendo a tu hermano, a ver con qué me sale. Voy a prepararme para lo peor, por si acaso. Por cierto, nunca me has contado la historia del nacimiento de vuestro hijo, a ver si un día de estos puedo conocerla.

    Besos.

    P.D: Lo de URI no tengo ni puñetera idea de lo que es. A lo mejor la dirección de una web o blog, por si quieres ponerla.

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