Una rueda de juguete

Pasaba la medianoche. Mi inminente cónyuge y yo nos dirigíamos a casa después de una (otra) dura jornada laboral y, como cada noche, usábamos el trayecto en coche hasta casa como una especie de terapia de grupo (de pareja, en este caso), en la que compartíamos las últimas hazañas de nuestros jefes (o compañeros) y soltábamos toda la tensión posible antes de llegar al siempre añorado hogar. Hablábamos, despotricábamos y reíamos, todo uno. Y entonces sucedió.

El coche empezó a temblar, a moverse de un lado a otro mientras trataba a duras penas de mantenerlo recto, hasta que mi acompañante, escuchando el ruido que hacía la parte trasera izquierda del coche, pronunció el temido diagnóstico: “Se ha pinchado una rueda”.

Mis conocimientos automovilísticos se limitan a conducir con cierta destreza, a echarle al coche gasolina cuando la rayita del combustible se acerca a la parte en rojo y a lavarlo (muy) de vez en cuando, así que la posibilidad de que en algún momento se me pinchase una rueda simplemente no estaba contemplada.

RuedasCon no pocas dificultades seguimos adelante (sí, con la rueda pinchada), buscando un lugar propicio en el que pararnos, en plena noche, a cambiar la puñetera rueda (en realidad yo quería llegar a casa, dejarlo allí y cambiarla al día siguiente, pero no pudo ser), y gracias a Dios conseguimos llegar a una gasolinera próxima a nuestro humilde hogar. Allí, bajo la potente luz de una farola, nos bajamos y comprobamos que, en efecto, la rueda posterior izquierda estaba hecha una piltrafa.

El pánico, que se había apoderado de mí cuando noté el primer temblor en el vehículo, salió y directamente me puse histérica. Él me pidió que me calmase, que no pasaba nada, a lo que yo, con no demasiada delicadeza, le pregunté si había cambiado alguna vez una rueda (conviene recordar que él no sabe conducir). La respuesta me tranquilizó (un poco, al menos): “Sí”.

Y empezó la operación cambio de rueda. Primer paso: comprobar si había una rueda de repuesto en el maletero. Afortunadamente, la había, aunque aquello era más bien una rueda de juguete, no una de verdad. Era pequeña, endeble, de color azul (¡!) y una enorme pegatina amarilla indicaba que con ella no se podía circular a más de 80 km/h. Fantástico. En cualquier caso, era la que teníamos, así que poco se podía hacer.

Una rueda trasera

Mi futuro marido se puso manos a la obra. Cogió la rueda, unos guantes que estaban junto a ella (gracias por el detalle, señores de Chevrolet, pero la próxima vez ahórrense los guantes y pongan una rueda de verdad, por favor), el mini-gato incluido (es sorprendente que un artilugio tan enclenque pueda levantar un coche) y una llave o algo así para quitar las tuercas.

Tras no pocos esfuerzos (en los que yo intercalaba, suavemente, frases del tipo “lo dejamos aquí y volvemos a por él mañana, estamos cerca de casa”), consiguió al fin cambiar la rueda destrozada por la de juguete. Nos metimos en el coche y, con mucho cuidado (por si la nueva salía despedida, reventaba o algo así), nos fuimos a casa.

Aunque era más de la una y media de la madrugada, mi improvisado y heroico mecánico necesitaba una ducha (y yo que se la diera, sobre todo si íbamos a dormir después en la misma cama), y mientras subía las escaleras me conminó a que no le esperase para cenar. Pero, obviamente, le esperé, porque los héroes no deben cenar solos.

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