Ana, la peluquera

Hace unos días inauguré oficialmente el Casting Mundial de Peluqueros para San Eustaquio. No hay colas kilométricas de aspirantes, ni jurados hostiles descartando a frikis o metiéndose con el estilismo de nadie, ni cámaras de televisión, ni galas, ni tertulias, ni…

En realidad sólo fuimos a preguntar a un par de sitios, pero lo del Casting Mundial sonaba mejor.

Como en un principio mis cuatro capas de gasa, mi capita, mi ramo de flores, mis zapatos que aún tengo que teñir y yo íbamos a salir de mi casa, comencé la búsqueda por las peluquerías de los alrededores (como habréis podido deducir por el uso del pretérito imperfecto, ya no vamos a salir de aquí, sino del hotel en el que se alojará toda mi familia porque, según mis padres, es lo más cómodo, para ellos, quieren decir, porque yo me tengo que ir la noche anterior con todos mis complementos a un hotel para compartir habitación con mi hermano, algo que no me molesta per se, sino porque tengo una casa de la que voy a ser desterrada contra mi voluntad; ya sé que podría haberme negado, pero ya no tengo fuerzas; quiero que pase todo y largarme a Nueva York, sólo eso).

Al vivir en un pueblo pequeño, el catálogo de cualquier actividad profesional es reducido (cuando no inexistente), y el de los peluqueros no iba a ser una excepción, aunque sí que hay unos cuantos salones de belleza (expresión que siempre me ha encantado pese a que normalmente se aplique a establecimientos más pequeños que mi salón, que no es de belleza pero al menos no apesta a laca).

En esa búsqueda acabamos recalando (otra palabra que me encanta) en un local cuyo nombre no recuerdo pero que sería algo así como Mari Pepi, Peluquera (sí, era más pequeño que mi salón), y allí preguntamos si peinaban y pintaban para novias a domicilio. Una señora contestó enseguida que sí, pero la que parecía la propietaria del sitio no lo tenía tan claro. Con mucho misterio, me pidió mi teléfono y me dijo que me llamaría esa tarde o al día siguiente temprano (le pedí que, por respeto a mis horarios de trabajo y de sueño, no fuese muy temprano) para hablar del tema.

No me llamaron esa tarde, ni tampoco al día siguiente por la mañana, sino por la tarde, y no lo hizo la chica de la peluquería, sino una tal Ana, de verborrea trepidante. La conversación fue larga, así que sólo reproduciré los extractos más interesantes:

“¿Quién ha sido la que te ha recomendado que vengas a buscarme?”. “Nadie, pasé por allí y entré a preguntar”. “Es que en el pueblo todo el mundo me conoce y me recomienda”. “No es mi caso”. “Yo es que no vivo allí, voy un par de veces al mes porque trabajo por toda España; ahora estoy en Barcelona, porque trabajo mucho para cine y televisión, así que soy una experta en maquillaje y peluquería profesional”. “…”. “Yo cierro la peluquería para hacer las pruebas porque a ninguna novia le gusta que nadie vea cómo la peinan ni qué le van a hacer”. “…”. “Hablo con la novia, veo su estilo, el estilo del vestido, lo que ella quiere, lo que creo que le va a quedar mejor y le hago un recogido”. (Yo no quiero recogido, sólo quiero que me quiten las canas -un “baño de color”, en argot- y me recorten un poco las puntas, pero no me deja meter baza). “Las pruebas yo las hago los viernes por la tarde, a las ocho, pero este viernes no podrá ser porque estoy en Barcelona, así que tendría que ser el próximo”. (El viernes del que habla es el viernes anterior a la semana de la boda). “Yo ese viernes no puedo, porque trabajo”. “Pues quedamos después. ¿A qué hora sales?”. “A las doce de la noche”. “Ah. Entonces podemos quedar el sábado o el domingo”. “También trabajo”. “¿Sí?”. “Sí”. (No le doy más explicaciones porque no es asunto suyo). “Bueno, llámame la semana que viene y ya quedamos para las pruebas de peinado, de maquillaje… Ah, por cierto, el precio son 350 euros por el peinado y el maquillaje, pero yo no doy tintes ni corto, sólo hago recogidos, eso sí, profesionales, porque trabajo mucho en cine y televisión, y hago también maquillajes profesionales…”. En ese momento, tras más de diez minutos escuchando periódicamente las palabras “cine” y “televisión”, corto la comunicación con un vago “ya te llamo la semana que viene”. Evidentemente, no la llamé. Fue por los 350 euros (en ese mismo momento hice un cálculo de la de libros y DVD que podría comprarme con ese dinero), porque iba a tener que ir antes a otro sitio a teñirme y cortarme las puntas, y porque no estaba dispuesta (bastante lío tengo ya) a plegarme a la agenda de esta profesional del cine y la televisión.

Como cambió el lugar de salida de la comitiva nupcial (o sea, mis complementos, mis padres, mi hermano y yo), busqué peluquerías en las cercanías del hotel. En la primera que entré encontré la solución. Me peinarán el día SE a las nueve y me maquillarán a las diez. Iré unos días antes a teñirme y a hacer las pruebas, y listo.

5 comentarios en “Ana, la peluquera

  1. vaya peluquera especialista en cine y televisión!!!! me recuerda a alguien (espero q esa tia no te intentara dejar esteticamente nefasta, jajajaja, ya sabes x dnd voy)

    Además, Su, tu vas guapa de cualquier manera😉

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  2. No te preocupes que esa tipa no me va a poner un dedo encima, aunque me he quedado con las ganas de saber cómo será físicamente… igual es estéticamente nefasta también, jeje.

    No deja de ser curioso tu piropo, teniendo en cuenta que no me conoces y que sólo has visto una foto que podría no ser mía…😛

    Pero gracias de todas formas, jeje.

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  3. Menos mal que no la elegiste como peluquera oficial porque probablemente no hubieramos visto a la novia sino a algun esperpento super repeinado y maquillado y ademas te hubieras quedado sin CDs.

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