En la peluquería

Me encanta que me toquen el pelo, tanto que podría pasarme horas dejándomelo acariciar, hasta perder la sensibilidad (o que la perdiera el acariciador, lo que ocurriese primero) o la consciencia, y por eso me gusta tanto la secuencia de Memorias de África en la que Robert Redford le lava el pelo a Meryl Streep, algo que por desgracia es complicado reproducir en casa, a no ser que lo hagas en la calle o que tengas uno de esos cacharros de las peluquerías, porque la ortopedia acaba eclipsando la belleza y el goce del acto (del acto de que te laven el pelo, no seáis malpensados).

Lo curioso es que, aunque adoro que me toqueteen el pelo, odio ir a las peluquerías. No digo que toda la culpa sea de los profesionales del pelo, pero el caso es que entre ellos y yo existe una barrera comunicativa infranqueable que se une al hecho de que soy la prueba de que las leyendas (urbanas y rurales) de tipos y tipas que te masajean placenteramente el cráneo mientras te lavan el pelo son falsas.

Me han hecho daño demasiadas veces con sus enérgicos frotamientos capilares, y aún en más ocasiones he salido de las peluquerías con peinados, cortes y arreglos que nada tenían que ver con lo que yo quería (y previamente le había indicado al profesional que me atendía), así que voy muy poco a las peluquerías (una o dos veces al año, a lo sumo), lo que me incapacita para entender sus complejos códigos comunicativos y, como es lógico, también para disimular mis hercúleos esfuerzos de adaptación a un medio en el que soy una extraña y ellos los reyes de la manada que huelen el miedo de los extraños.

Probablemente tengan la culpa esas taras, porque no se me ocurre otra forma de explicar que no sean capaces de entender instrucciones tan sencillas como “corto” cuando previamente he indicado que quiero cortármelo y me han preguntado cuánto. Es muy raro que lo consigan a la primera, y sólo después de varios intentos (cortes sucesivos) consigo que me quiten todo el pelo que no quiero. Y si esto ocurre cuando quiero cortármelo, si a la ecuación añadimos factores como tintes o peinados, el desastre es seguro.

Después de mi experiencia telefónica con Ana, la peluquera, decidí que no estaba dispuesta a pagarle a nadie una fortuna por dos cepillados y dos brochazos de pintura, así que fui a una peluquería cerca del hotel en el que se quedará mi familia a preguntar por los servicios que necesitaba, informando al chico que me atendió de que tenía una boda pero ocultándole el hecho de que era yo la que se casaba. El chico me tomó nota para peluquería y maquillaje para el día de San Eustaquio y me indicó que, si iba a teñirme o a ponerme mechas sería mejor que fuese unos días antes.

Y así lo hice. El lunes, después de comer (a las 16.30) me planté en la peluquería y consulté con la muchacha que se iba a encargar de mí sobre tintes y mechas y, tras examinar mis numerosas canas y su distribución más bien dispersa, me aconsejó pasar del tinte y probar con las mechas. Y aquí comienza la historia de la primera vez (y puede que la última) que me puse mechas.

La cosa no empieza, como siempre, con el lavado de pelo, sino en seco. Con enérgicas batidas de peine la chica fue separando mechones, les daba un meneo con una brocha y los envolvía en papel de plata, un proceso largo, tedioso (sobre todo para ella, supongo, aunque a mí no me gustó) y doloroso, de lo que daban fe los dos millones de pelos que me había arrancado y que yacían como lastimosos cadáveres sobre el trapito con el que me habían envuelto. Tras la mutilación capilar (las mechas), me dejó reposar durante media hora (por suerte llevaba lectura y no tuve que tocar ninguno de los números de la revista Mi pediatra que se amontonaban en la mesita de al lado).

Pasada la media hora (larga) me llevó al lavacabezas (o como se llame), para lo que yo suponía que iba a ser el gran momento de la tarde. Qué equivocada estaba. Me han hecho daño muchas veces al lavarme el pelo, pero nunca tanto. Lo peor es que no fue champú y listo, sino que me fue aplicando una serie de potingues, cada uno con más energía, inmune a los gritos de dolor que emitían todas las terminaciones nerviosas de mi cabeza.

Una vez terminada la tortura, pasamos al corte (un poco el flequillo tan sólo; no llevo todo el año alejada de las tijeras para cortármelo cinco días antes de la boda) y al peinado, donde descubrí que las mechas que iban a ser un poco más claritas eran casi rubio platino. No hay problema, dijo ella, te vuelvo a poner tinte, y se dirigió al lavacabezas. Durante unos segundos medité si no era mejor escapar entonces y comprar un tinte con el que tapar aquel estropicio que volver a pasar por eso. Pero el daño que me hizo antes había bloqueado mis neuronas y no pude huir.

Más tinte (con energía) y reposo. Más lavados (con más energía), más potingues (y más dolor) y al fin cerró el grifo y me dijo que podía levantarme (tuve que reprimir una lágrima de la alegría de levantarme de aquella silla de agonía). Volvimos al sitio del peinado y comenzó a peinarme, con un secador que me quemaba (por algo yo no uso nunca) y un cepillo que terminó de llevarse todos esos cabellos débiles que sobrevivieron a la masacre anterior.

Tres horas después salí al fin de allí, aliviada y destrozada, pero contenta, porque al decirle que volvería el sábado porque tenía una boda, ella me dijo “vaya, yo el sábado descanso, qué pena”. Justo lo que pensé yo.

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