El Día de San Eustaquio (primera parte)

También podéis llamarlo el Evento San Eustaquio, que tiene unas siglas más chulas (ESE).

Nota preliminar: No me gusta que me miren, ni ser el centro de atención (de ahí viene mi pánico a hablar en público), ni que me hagan fotos (lo que explica que en las poquitas que he visto hasta ahora salga con cara de pocos amigos y con sonrisas forzadas cuando el disparador de la cámara me pedía que sonriese), ni verme en las fotos (salvo contadísimas excepciones). Tampoco me gusta arreglarme (ir a la peluquería, pintarme como una puerta) ni ponerme vestidos aparatosos que requieran más atención (para no tropezar con ellos o evitar barrer las calles por las que paso) que la de ponérmelos y quitármelos después y desde luego no llevo toda la vida pensando en el día de mi boda como ya hacían de pequeñita mis compañeras de colegio, que jugaban con sus muñecas a las bodas y a las casitas mientras yo veía El equipo A y me derretía con los ojos azules de George Peppard (Indy tardaría aún unos años en llegar a mi vida). ¿A qué viene todo esto? Pues sirve para dejar claro que esto no será un relato idealizado y edulcorado de lo que pasó el 20 de septiembre, y que cuando digo que fue un buen día quiero decir que fue lo suficientemente bueno como para hacer soportable mi disgusto por todos los puntos anteriores.

Ahora sí: El Día de San Eustaquio (primera parte)

Como era de esperar, el día empezó para la novia (o sea, yo), cuando aún era de noche. Unas horas antes mi familia, que desembarcó el viernes, tuvo a bien dejar que nos fuésemos a dormir mi considerable catarro y yo para que la maquilladora no tuviera que esmerarse demasiado en taparme las ojeras, pero sin duda no me dejaron dormir las horas suficientes, así que cuando el despertador sonó a las siete de la mañana estuve muy tentada de apagarlo y que fuese otra la que se casara.

Tras una ducha me lancé a la calle, para disfrutar de unos minutos de soledad y nicotina antes de que mis padres bajasen para ir a desayunar y después a la peluquería, ante cuya puerta aguardamos como 20 minutos esperando a que abrieran. Cuando lo hicieron, entramos, yo con la inquietud de quién sería esa mañana el que me haría daño. Sabía que la psicópata que me peinó unos días antes descansaba, pero no si había más compañeros seguidores de su escuela sádica. De hecho, había al menos una, aunque tuve suerte, porque le tocó a mi madre y no a mí. De mí se encargó un muchacho que me proporcionó uno de los mejores lavados de pelo que recuerdo y que me peinó bastante bien, en mi opinión. La experiencia de mi madre fue menos satisfactoria, tan poco que salió de allí disparada, toqueteándose el pelo, rumbo al hotel y dejándome a mí allí, esperando a la maquilladora. Cuando la maquilladora me metió en un cubículo con sus potingues y pinceles, en el otro extremo de la ciudad mi todavía inminente marido se despertaba (queda tanto para la verdadera igualdad…).

Después del trabajito de chapa y pintura (teniendo en cuenta la materia prima con la que contaba la muchacha, la verdad es que no lo hizo nada mal), volví al hotel para que enseñarle a mi familia el resultado (que en conjunto había salido por mucho menos de los 350 euros que me pedía la profesional), pero nadie me hizo demasiado caso. Mis primos, tíos y abuelos se arreglaban en sus respectivas habitaciones, al igual que mi madre, a la que fui a ver y que aparte de un “no sonrías para no estropear el maquillaje” pasó bastante de mí. En vista del escaso éxito de mi transformación, me fui a mi habitación (que compartía con mi hermano), donde esperé casi una hora, en ropa interior (no hay imágenes del momento porque mis lorzas son propiedad privada), a que alguna de las muchas voluntarias de mi familia que la noche anterior se ofrecieron a ayudarme a vestirme vinieran a hacerlo, pero como nadie llegaba fue mi hermano el que me abrochó el vestido y me enganchó la capita.

Curiosamente cuando unos minutos después llegaron Javier y Cristina, los fotógrafos, mis familiares despertaron de su letargo y aparecieron por todas partes (¿por qué sería?), aunque los esquivamos para hacer unas fotos en el hall del hotel. El reloj avanzaba inexorable hacia la hora del bodorrio y entonces recordé una frase incluida en las instrucciones que nos dieron en el Ayuntamiento (“deben estar quince minutos antes de la ceremonia; si llegan tarde, la boda no se podría celebrar”) y se me acabó la calma de la que había hecho gala hasta entonces. Ignoré a mis familiares dispuestos en formación de foto en el hall y me dirigí al coche, que esperaba en la puerta, mascullando algo así como “yo me voy a casarme”. Tan rápido lo hice que a los fotógrafos apenas les dio tiempo de seguirme, y si mis padres llegan a tardar dos minutos más en subirse me voy al Ayuntamiento sin ellos.

En la lista de cosas que no me gustan del principio me olvidé de una: no me gusta que me lleven en coche, especialmente si tengo prisa. Hay muy pocas personas que me den seguridad y tranquilidad cuando me llevan de pasajera (Paco M. es uno de ellos, aunque si emprende una ruta no habitual hay que ir pendiente por si se pierde), y el desasosiego de multiplica cuando tengo prisa. La mayoría de la gente conduce más despacio que yo, tarda más en salir de los semáforos, deja que otros se le cuelen y escoge caminos más largos y lentos, por lo que podréis imaginar que me costó mucho no tomar yo el volante y que no disfruté nada el paseo en ese coche al que un rato después le hicieron tantas fotos en la Plaza Nueva (yo sigo prefiriendo los Hummer). La inquietud se convirtió en pánico cuando, por fin, el chófer se decidió a meterse en el centro tras un rodeo incomprensible y para colmo se encontró con un atasco.

(Continuará)

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