El Día de San Eustaquio (segunda parte)

Había atasco, empezaba a ser tarde y el chófer y mi madre repetían, respectivamente, como si fuese un mantra (bueno, dos), “estamos allí en cinco minutos” (lo que llevaba diciendo desde que salimos del hotel, no sé si por su optimismo, porque intentaba calmarme o porque desconoce cómo funciona el tiempo) y “hay que ver lo bonito que es el coche”. En un momento dado sus mantras se entremezclaron e iniciaron algo parecido a una conversación (mi padre permanecía impasible en el asiento delantero), momento que yo aproveché para llamar a mi futuro marido para asegurarme de que alguno de los dos iba a estar allí para tomar el salón de la ceremonia en caso de que algún funcionario municipal intentase cerrarnos las puertas.

Por suerte él ya estaba allí, aunque su camino tampoco fue fácil, porque a las numerosas restricciones al tráfico rodado (las bicis pueden pasar, pero no era plan) del centro de Sevilla se le sumaron unas cuantas obras con las que se encontró y que le dejaron bastante lejos del Ayuntamiento (lo que le dio la oportunidad de pasearse por el centro con su imponente traje), pero el caso es que allí estaba.

Tras unos minutos eternos, el coche al fin entró en la Plaza Nueva. Por supuesto, lo hizo en el extremo opuesto, y tuve que atravesar la plaza caminando, esquivando a niños y turistas y mientras mi madre me conminaba a recogerme el vestido para no ensuciarlo (si tenemos en cuenta que una mano la tenía hipotecada por el ramo de flores holandesas y la otra con la colita, recoger los bajos del vestido no era tarea fácil ni le iba a sentar bien a mi precaria estabilidad). Además de los problemas de infraestructura tuve que superar los obstáculos que me ponía mi legendaria miopía (que mis gafas amortiguan pero no solucionan) para dirigirme a la gente a la que conocía y no ponerme a saludar a extraños. Entre tanto jaleo nos encontramos (me encontró él, porque es más fácil localizar a una tía de 1,83 vestida de novia que a un tío con traje en una boda; además, yo me agobié con tanta gente y me centré en saludar a los que se me acercaban, algunos maravillados -y otros descojonados, todo hay que decirlo- por mi look nupcial) y la verdad es que el chico estaba muy guapo.

Poco después apareció un funcionario que nos reclamaba y entramos, sin saber muy bien por dónde, y con el chip de la aceleración aún activado, así que subí las enormes escaleras en un plis y me planté, yo sola, en una sala que no era la de la ceremonia sin saber muy bien qué hacer. Y seguí un rato sin saberlo, aun después de que llegase mi cada vez menos inminente y más marido, su madre, su hermana y mi padre (hacía ya un rato que yo sólo quería casarme y pirarme de allí).

Cuando hubimos confirmado nuestros datos personales a una funcionaria, entramos en el salón donde iba a celebrarse la ceremonia, primero él y su madre y después yo con mi padre. A partir de aquí no recuerdo mucho. Sé que miré de un lado a otro, sin ver a casi nadie (en el barrido visual me encontré con Lady Rose y creo que le saqué la lengua) y así llegué a un banco en el que tuve que sentarme (mi tía acudió rauda a ponerme bien la capita) sólo para levantarme un rato después.

No recuerdo casi nada de la ceremonia (ni cómo era el salón, ni cómo estaban sentados los invitados, ni nada; estaba bloqueada), salvo que fue corta, bonita, y comandada por un señor amable que citó, creo, a Sabina, y que tenía no pocos problemas para introducir con acierto las eses y las ces (y las zetas) en sus palabras. Recuerdo que él contestó “sí que quiero” cuando le preguntaron si quería casarse conmigo y que yo, como estaba paralizada, no pude articular ninguna de las irreverentes frases que me cruzaron en ese momento por la cabeza y sólo pude decir “sí”. Recuerdo que él me puso el anillo y me besó la mano, y que tardó un rato en soltármela (gracias). Recuerdo que, una vez firmada (por triplicado) el acta de matrimonio, mi madre se acercó y charló con el concejal (y acaparó piropos que iban dirigidos a mí, aunque cree que eran para ella) y después salimos de allí y fuimos abducidos por los fotógrafos.

Cuando terminaron con nosotros (me hicieron bajar despacito, mirando a cámara, la enorme escalera de la entrada con todos mis abalorios, pero no me caí; bien por mí) salimos a la calle, donde, pese a la expresa prohibición de tirar arroz, nos esperaba una cuadrilla con las manos rebosantes, con mi abuelo en primera fila (ya sé quién tiró el arroz; sé que te casarás pronto, y no será arroz lo que lleve a tu boda). A mi ya marido le dejaron el traje hecho un desastre y a mí, pese a que me protegí con el ramo (en ese momento deseé haberme comprado un jardín botánico para guarecerme), me entró hasta en el sujetador (eso lo supe horas después, cuando me lo quité).

Una vez superada la fase del arroz, vinieron los saludos, las felicitaciones y muchas más fotos (todos querían hacerse fotos con nosotros, así que supongo que es verdad que íbamos guapos), de unos y otros, con una y otra cámara, mientras mis padres pululaban a mi alrededor recordándome que el coche estaba allí esperándonos (curiosamente esta vez en la puerta del Ayuntamiento, algo que ya podría haber hecho antes) y todos se empeñaban en ponerme encima de un charco (sobre el mismo en todas las ocasiones) para fotografiarme. Cuando ya todas las cámaras de amigos y familiares quedaron saciadas, llegó el turno de las cámaras oficiales.

(Continuará)

9 comentarios en “El Día de San Eustaquio (segunda parte)

  1. Por cierto, tu porte vestida de novia (una escena que, lo confieso, era incapaz de imaginar) me resultó impactante. Ya he visto a unas cuantas (por mi edad, claro, no por mi asiduidad a actos de este calibre) y no sé cómo te podrías sentir tú, pero transmitías una imagen poderosa y natural, muy sana y fresca.

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  2. Me has hecho sonrojarme (no con lo de que resultaba difícil imaginarme vestida de novia -a mí también; de hecho, me miro en las fotos y casi no me reconozco-, sino por lo demás). Aunque hay muchas cosas de las que no me acuerdo (será la edad, o los nervios, o las drogas que debí tomar y no tomé), sí que me sentí bien la mayor parte del tiempo (salvo contados instantes de agobio fotográfico y/o familiar), aunque ello no es óbice para que tuviera unas ganas terribles de irme a casa y ponerme el pijama…

    Por cierto, no sé si te lo dije, pero me encantó que vinieras, y también que hayas pasado por aquí. Obviamente, te debo un café o un chino en mi próxima visita, que espero no tarde mucho.

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  3. Hablando de pijama, ¿no piensas que es la única prenda de vestir que te convierte (no a ti, sino a todo el mundo, obviamente) en mejor persona cuando te la pones? Me encantan los pijamas. Suelen ser francamente ridículos (y en el caso de los masculinos, no hay salvación posible), pero creo sinceramente que los peores problemas pueden encontrar solución si se hablan con el pijama puesto. ¿Qué puede tener uno más suyo que su pijama? ¿No transmiten ternura e indefensión? Te reconcilian con tu propia esencia y te reconfortan en los momentos más bajos. Y si aliñas la escena con un buen cholocate calentito y unas magdalenillas… En fin. A lo mejor estoy demasiado cansado y tengo demasiada hambre (estoy de dieta consorte; mi mujer va de Naturhouse y en el frigo sólo hay cosas desnatadas, pechugas de pavo y yogures especialmente indicados para regular el tránsito intestinal).

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  4. Alguien debería escribir un estudio definitivo sobre los pijamas, y creo que el tuyo es un buen comienzo.

    Los pijamas (y en general todo lo que nos ponemos para dormir) son LA prenda. Nada es más personal ni auténtico que un pijama, porque cuando nos lo ponemos nos desprendemos de todo disfraz y somos al fin nosotros. No importa cuán ridículos sean (deberías ver lo que llevo ahora puesto) o si tienen mil años, zurcidos y agujeros (que conste que no es mi caso). Además, son una prueba infalible para saber si una relación funciona o no. Si cuando el tipo o la tipa te ve por primera vez en pijama (aunque sea de ositos) no se descojona ni sale corriendo puede que la cosa salga bien.

    PD: Otro día hablaremos de las zapatillas de peluche.

    PD II: Deberías escribir un libro o un blog con todas las veces que tu mujer o tú (o los dos a la vez) os habéis puesto a dieta.

    PD III: Mi marido me pide que te recuerde que la forma ortodoxa de consumir un yogur es comerlo (normalmente a cucharadas), no fumarlo, no importa que estés o no en pijama.

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  5. Respuesta a PD: Apasionante tema,sobre todo las que son cabezas de mono o coches de Fernando Alonso. Si usas más del 46 (es mi caso), no te digo nada y te lo digo todo.
    Respuesta a PDII: Nuestro estado natural es el de dieta, salpicada por pequeños oasis culinarios (barbacoas pantagruélicas, chinazos bestiales, pennes rigattes a la panna y otras delicias) que nos provocan después problemas de conciencia.
    Respuesta a PDIII: No se me ocurriría jamás fumarme un yogur, aunque en estos momentos me acuerdo de un danone que había hace años de sabor (?) vainilla (lo retiraron del mercado) que en la etiqueta tenía dibujado lo que parecían unas hojillas de marihuana.

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  6. Cabezas de mono y coches de Fernando Alonso… suena sugerente. Yo sólo he tenido vaquitas (que además no sé dónde están; seguro que mi madre las tiró cuando me fui de allí).

    Ya sabes mi opinión sobre las dietas. No creo que sean buenas ni para el cuerpo ni para el alma, porque una de las imágenes más hermosas del mundo es la visión de un frigorífico repleto de suculentos manjares (por eso siempre estaré gorda, jeje).

    Un yogur de vainilla con hojitas de marihuana dibujada. ¿Seguro que no te los fumas?

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