El Día de San Eustaquio (tercera parte)

¿Por dónde íbamos? Ah, sí, por el momento de las fotos oficiales de los recién casados (o sea, nosotros).

(La imagen de la izquierda, por cierto, fue tomada cuando aún me hacía gracia que me hicieran fotos vestida de novia; al fondo puede verse a Antonio M. –akas El invitado de invierno– y un trocito de la cara de Alfredo).

El plan inicial era irnos al barrio de Santa Cruz, pero finalmente Javier y Cristina decidieron que nos quedásemos en la Plaza Nueva (a mí me daba un poco igual; yo sólo quería un par de fotos en las que saliese medio mona, y cada vez tenía más claro que la cobertura fotográfica del ESE -el Evento San Eustaquio- no iba a ser precisamente comedida), así que una vez que los invitados fueron partiendo hacia el restaurante (imagino que con alguna paradita por el camino, porque aún era pronto), nos hicieron fotos en la plaza de San Francisco y en el arco ése tan mono que tiene el Ayuntamiento (que estuvo cerrado durante mucho tiempo y al que la superstición popular atribuye el poder de casar a quien pase por debajo, aunque yo no pasé por él hasta que ya estuve casada), donde el vendaval que por allí discurría me permitió al fin desplegar mi capita como si fuese una especie de superheroína nupcial.

Mientras seguíamos recorriendo los alrededores del Ayuntamiento descubrimos con cierto desasosiego que mis padres y mi hermano (que seguramente no tenía nada que ver) seguían nuestros pasos desde la distancia (algo cuya explicación he rehusado investigar porque seguramente desemboque en la enésima bronca familiar relacionada con la boda), aunque no sé si asistieron al histórico momento en que su hija (y hermana) logró cumplir el sueño que todos hemos albergado alguna vez en secreto: convertirse en un monstruo de feria.

Tan histórico momento acaeció cuando dos japonesas unieron sus cámaras a las de Javier y Cristina. Me hicieron primero fotos sola y luego se las hicieron conmigo, primero una, después la otra y finalmente las dos. Mientras, mi ya marido asistía divertido a la escena (y de paso se hacía fotos en unos espejos que hay por allí) y yo pensaba qué pasaría si en una visita a Japón me hiciese una foto con una novia a la que no conozco de nada…

Un ratito después al fin terminó el pase fotográfico. Javier y Cristina partieron hacia el restaurante y nosotros hicimos lo mismo (mis padres habían desaparecido), aunque antes de ir hacia San Marco le pedimos al chófer que hiciese una parada estratégica en algún sitio tranquilo antes de volver a meternos en la vorágine nupcial.

El tráfico y el lío que supone moverse por Sevilla nos llevaron a una calle poco transitada (aunque sí que pasaban algunos coches, algunos con familiares y amigos que iban al restaurante y otros con desconocidos, aunque todos ellos nos saludaron) con numerosos edificios en construcción, un marco incomparable donde dijimos por primera vez algo que repetiríamos en muchas ocasiones: “Nos hemos casado. Qué fuerte”.

Al fin llegamos a San Marco. Mi padre estaba en la puerta, aunque me reservo el motivo, y enseguida aparecieron Al, Rose y Pili, con los que remoloneamos un poco antes de entrar, justo a tiempo para ver (¡yupi!) nuestro primer coche de bomberos como husband y wife (un día de estos voy a tener que contar esa historia por aquí, aunque gracias al propio profeta Rose y Pili ya la conocen).

La entrada al banquete nupcial (era sólo un almuerzo, pero así queda más glamouroso) fue algo accidentada. La baja a última hora de algunos de los invitados causó un pequeño lío de mesas y ubicaciones que mi cónyuge se encargó de resolver (gracias) y que hizo que tardásemos un rato en sentarnos. Curiosamente no fue entonces cuando me dio el enésimo colapso nervioso de la jornada, sino un poco después, cuando ya habían llegado Granada y Carlos (que tenían tres bodas en menos de 24 horas y que venían corriendo de otra; gracias por venir). Pero, antes de que me encerrase en la bodega para intimar con todas las botellas que viven allí, Lord Mninha me rescató y me sacó fuera para que me tranquilizase (gracias otra vez), y a la vuelta empezamos a disfrutar de la comida.

Entre canapé y canapé, saludo y saludo y foto y foto tuvimos tiempo de orquestar una verdadera alianza de civilizaciones: el encuentro entre Jesús y Jesús, uno cordobés y amigo mío y el otro sevillano y primo de mi ya marido, dos verdaderos colosos del capillismo, que durante unos minutos hablaron de sus cosas y enseñaron sus armas. El hispalense llevaba el escudo de su hermandad; el mío, un kit portátil de capillita porque unas horas después tenía procesión en casa (en Córdoba, no en su domicilio, ya me entendéis).

Los platos siguieron llegando, las copas se llenaban y vaciaban (la de alcohol ya pagado que podría haber bebido y no bebí) y en un momento dado me vine abajo, física y mentalmente, y supliqué al primer camarero al que vi que me trajese un café. “Ahora vendrán a tomar nota, para la tarta y demás”. “No importa; necesito un café ya”. Por suerte, me lo trajo antes de que tuviese que ir yo misma a la cafetera, y volví a la vida. Llegó la tarta (con los dos muñequitos prófugos, que al parecer van a protagonizar su propia serie, Pie break), el cava, los brindis (Reyes, mi cuñada, fue la encargada de hacer callar al auditorio; qué torrente de voz, cómo se nota que es maestra y tiene que lidiar a diario con pequeños energúmenos), los “¡vivan los novios!” y unas cuantas fotos de grupo más en el jardín del restaurante.

Jesús (el mío) se fue a su procesión, los fotógrafos también porque tenían trabajo y al fin tuve un ratito para hablar con algunos de los invitados (no con todos, ni todo el rato que me habría gustado), aunque la cosa tocaba a su fin y llegaba el momento de irse. Ya en la puerta nos fuimos despidiendo de los que quedaban (de algunos con un nudo en la garganta) y, cuando todos se fueron, nos fuimos nosotros también.

El coche de alquiler hacía horas que se había ido (cosas de mis padres, que contrataron cuatro horas), así que fuimos al hotel donde estaba mi familia (justo detrás del restaurante) para hacer algo con lo que soñaba desde hacía mucho, mucho tiempo: quitarme el vestido y lavarme la cara para volver a ser yo. En una hábil maniobra confié a mi madre la limpieza y almacenaje del vestido (es decir, que se lo llevase ella), y a cambio le dejé el ramo de flores holandesas para que se lo entregase, como me había pedido, a Santa Ángela de la Cruz. Y, después de unas cuantas despedidas más, mi padre nos llevó al fin a casa.

Allí descubrimos que Telefónica nos había cambiado el número de teléfono y de paso nos había dejado sin internet, aunque no teníamos tiempo de solucionarlo entonces; debíamos hacer las maletas para emprender al día siguiente el viaje posteustaquiense a NY, aunque esa ya es otra historia…

Primera parte

Segunda parte

3 comentarios en “El Día de San Eustaquio (tercera parte)

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s