Despedida

Nunca se me ha dado bien hablar. Puedo defenderme escribiendo, pero siempre me ha costado mucho hablar, quizás por mis problemas para relacionarme con los demás. Escribir siempre me ha parecido más fácil, porque no hay nada como sentarse ante el ordenador (o el lápiz y el papel) y contar justo lo que quieres contar, sin nadie que te interrumpa y con tiempo de sobra para escoger las palabras adecuadas.

Los asiduos a ésta y a mi otra casa sabrán (sabréis) que soy una experta de la frivolidad, que se recrea en estúpidas historias sobre cine, televisión, libros o los detalles de su boda, pero lo que puede que no sepáis es que ese gusto por la ligereza no es más que una forma de rehuir las cosas serias, las verdaderamente importantes.

Llevo una semana escribiendo mentalmente esto, sin atreverme siquiera a encender el ordenador, y me siguen faltando las palabras.

En estos días he recibido varias llamadas (no muchas, afortunadamente, porque no mucha gente lo sabe) que he tardado en algunos casos días en contestar, hasta que he estado más o menos preparada para hablar. Buenos amigos me llamaron para darme ánimo, para darme su cariño, muestras de afecto que se unen a otras que recibí hace justo una semana, que repetían tópicos como “es lo mejor para él” o “al fin podrá descansar” o que aludían a ideas no menos manidas como que “es ley de vida” o que lo normal es que los nietos entierren a sus abuelos. Sé que es más que probable que todos esos tópicos sean ciertos, que ahora esté mejor (creo en otra vida después de la muerte, pero no puedo evitar pensar que allí se sentirá muy solo), que al fin podrá descansar y que los nietos están predestinados a enterrar a sus abuelos, pero nada de eso me aportaba ningún consuelo, ni alivio, porque por mucho que llevase varios meses enfermo y que tuviese la sensación de que cada vez que le veía iba a ser la última, nada te prepara para portar el ataúd que contiene el cuerpo sin vida de tu abuelo.

He dejado pasar una semana antes de sentarme a escribir, y en esta semana (murió hace ocho días, el 28 de febrero, pero no le vi hasta el día siguiente) he hecho lo que mejor se me da: huir y esconderme, alejarme de todo y de todos (o casi, porque mi marido no se ha separado de mí) para tratar de recomponer mi pequeño mundo, que se ha quedado mucho más vacío. Es muy difícil hacerse a la idea de que desaparezca alguien que ha estado toda tu vida ahí, que te ha llevado de la mano al colegio en cientos de ocasiones, que te ha comprado chucherías, se ha alegrado de cada logro y ha minimizado cada fracaso, que siempre ha cuidado de ti y que te ha recordado hasta el final, cuando ya había olvidado a casi todos. Es tan irreal que todos estos días he tenido que repetirme “se ha ido” para creer que ya no está, que cuando vaya a la casa que compartía con mi abuela encontraré su habitación vacía y que nunca más escucharé su escandalosa risa. Sé que ahora está mejor, que al fin ha descansado y que ya había sufrido demasiado, pero echo de menos a mi abuelo.

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