Un bicho junto a la luz

El mismo día que descubrí que un individuo me había fusilado un reportaje, que recibí una extraña oferta laboral (sigo sin saber muy bien de qué se trata, así que ya lo contaré cuando lo sepa) y que tuve a un individuo, al que no le gustó que le adelantase, persiguiéndome durante varios kilómetros y haciéndome saber, cada medio minuto y con sonoros bocinazos, que no aprobaba mis maniobras al volante, fue el día que encontramos un bicho en un lugar imposible (al menos es el más extraño, y eso que hemos tenido de todo).

El cadáver del bicho (una cucaracha, para ahondar en la repulsión) apareció en ese compartimento en el que va la barrita de luz que tienen las campanas extractoras de la cocina (al menos la nuestra lo tiene). Por motivos evidentes no hay documentos gráficos ni del hallazgo (apenas lo miré de refilón) ni de la posterior limpieza de la zona, que llevó a cabo mi marido con valentía, pericia, asco y algo de miedo (yo me limité a ofrecerle apoyo moral, desde una distancia prudencial), porque desconocíamos si entre las habilidades de las cucarachas se encontraba simular su propia muerte.

Finalmente la criatura en cuestión sí que estaba muerta, así que bastó con desmontar todo aquello, limpiarlo bien y rociar la zona con insecticida. Evidentemente, salimos a comprar comida porque allí no se podía parar por culpa del maldito bicho invasor. Al menos la mantis se quedó en la entrada.

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