Mechas

A pesar de que he ido algunas veces (no muchas) a la peluquería, sólo dos de esas veces he ido a hacerme algo más que cortarme el pelo (en no pocas ocasiones me he cortado el pelo yo misma, más que por ahorrarme el dinero o la visita a la peluquería por liberar ansiedad; funciona). La primera de ellas fue totalmente contra mi voluntad, aunque sólo tenía ocho años y poca resistencia pude oponer. A mi madre no le pareció que endosarme un vestido-merengue para hacer la Comunión fuese suficientemente ridículo, así que enriqueció el conjunto con unos espantosos rizos. Más de dos décadas después sigue sin admitir, pese a las contundentes pruebas gráficas, que aquello fue un error.

La segunda de esas veces fue justo hace seis meses, para El Día de San Eustaquio. Aunque la experiencia no fue nada satisfactoria, el resultado no estuvo mal. Pero el tiempo pasa, el pelo crece y las mechas monísimas que me hicieron entonces ya no están solas. Junto a ellas, o sobre ellas, o alrededor, no lo tengo muy claro, han aparecido unos tremendamente definidos (y tiesos, por otra parte) mechones de canas que afean el conjunto.

No tengo nada contra las canas, en absoluto, y de hecho me gustan, las propias y las ajenas, pero hace mucho que no tenía el pelo largo (y nunca había tenido tantas canas; serán los disgustos) y eso me ha hecho ver la dolorosa realidad: las canas me quedan bien sólo cuando tengo el pelo corto. Cuando lo tengo tan largo como ahora, parece que he metido los dedos en un enchufe (selectivo, eso sí), o que me he cardado sólo los cabellos blancos, porque los tengo todos disparados en todas direcciones.

Como no preveo a corto plazo una reducción drástica de la longitud de mis cabellos (o sea, cortarme el pelo) y mañana voy a ver a mi familia, aprovecharé para someterme a una nueva sesión de peluquería intensiva, pero no en el mismo sitio, sino en un salón de belleza (es una peluquería, sin más, pero quería evitar la repetición del término) que regenta una vecina de mi abuela (para nosotros su casa siempre ha sido la casa de la abuela; se me hace raro pensar que ahora sí es sólo su casa) y que está entre su portal y la esquina de la muerte, a la que llamamos así porque en ella no ha conseguido funcionar ningún negocio desde que se construyó el edificio, hace casi tres décadas. Todos fracasan misteriosamente, tarde o temprano, y creo que salvo un sex shop han abierto ahí de todo.

Fue mi madre la que se encargó de pedirme la cita para mañana por la tarde, y la peluquera en cuestión le advirtió, cuando supo que quería hacerme mechas, que ella las hacía “con gorro”. Ni que decir tiene que me invadió el pánico. “¿Qué significa exactamente eso?”, le pregunté a mi madre, y ella me explicó dicha técnica (te ponen un gorro con agujeritos por los que van sacando los mechones de pelo para teñirlos), en teoría más artesanal y con mejor acabado que la del “papel de plata”. Iba a preguntarle si la advertencia suponía que me iba a doler o algo así cuando recordé lo mal que lo pasé otra vez. Es difícil que vuelvan a hacerme tanto daño en una peluquería.

2 comentarios en “Mechas

  1. Glubs! A mi madre se las hacen con el gorro del infierno. Yo todo el tiempo que he estado de rubia (del que tú sólo viste los inicios) me lo hice con papel plata, que no duele nada, pero que si no te estás quieta (como es mi caso, ya que me las iban a hacer a mi casa), vas perdiendo las platas allá donde vayas. Si tienes gato, esto es más que problemático, y sobre todo si el gato se llama (belce)Bu.

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  2. Acabo de sufrir el gorro del infierno, pero fíjate si me hicieron daño la otra vez (con papel de plata) que apenas lo he notado (fastidia un poco, eso sí). Deduzco que tu gato se enredaba (o se papeaba, no lo tengo claro) con los papelitos (yo estuve quietecita cuando me las hicieron), así que no creo que fuese agradable. Lo siento.

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