Historia de una ida y una vuelta

El viaje a Nueva York comenzó al día siguiente del bodorrio, en la estación de Santa Justa de Sevilla. Allí tomamos un tren rumbo a Málaga, de donde despegaba el avión que nos llevaría a la Gran Manzana el lunes 22 de septiembre (del año pasado). Como no hay línea de Alta Velocidad entre Sevilla y Málaga, el tren fue primero a Córdoba, así que aproveché para empezar a documentarme:

Camino de NY bis

Mninha asimila en el AVE a Málaga información sobre nuestro destino para guiarnos por los ignotos caminos de la ciudad que nunca duerme.

Ya en Málaga, nos hospedamos en el Holiday Inn Express Málaga Airport, que pese a su larguísimo nombre no es más que un hotelito (moderno y confortable, eso sí) junto al aeropuerto que sirve de refugio a sus viajeros.

El lunes 22 nos dirigimos al fin al aeropuerto, donde como es habitual tuvimos que esperar un buen rato a que saliese nuestro vuelo, lo que nos dejó tiempo para hacer unas cuantas fotos tontas. Los pies de foto son de mi marido, que ha titulado la que sigue Pathfinder:

Pathfinder

Mninha posa ‘distraidamente’ con su mejor arma durante un viaje: la guía. No en vano encuentra todo lo encontrable y nos conduce allá por donde ni siquiera hubiésemos podido soñar*. Juntas son un arma peligrosa. Mientras, esperábamos la llamada para salir volando del Aeropuerto de Málaga hacia NY.

*Los barrios judíos son su kriptonita y anulan sus superpoderes.

¿Secuestrada?

Y este es el avión que nos llevó a NY, un aparato de Delta Airlines, compañía que a lo largo de las ocho horas que duró el vuelo nos proporcionó abundante comida (muy rica, además) y bebida, almohadas, mantas, antifaces y unas pantallitas táctiles individuales en las que podías ver películas, series, escuchar música, ver en un mapa cómo avanzaba el aparato sobre el Atlántico y hasta distraerte con algún juego. A la vuelta, además, ni nos pesaron las maletas (fijo que pesaban más que a la ida) ni nos penalizaron por llevar una más que cuando entramos en el país. Sólo nos preguntaron cuántas queríamos facturar. Para que aprendan los desalmados que cobran por bultos y por peso (y algunos hasta por ir al baño).

Cuando al fin aterrizamos en el JFK, pasamos el ya legendario control de inmigración (yo lo superé con éxito, pero a él le metieron en una habitación; me fui con él por si las moscas, aunque me tranquilicé cuando vi que tenía ventanas y que había otros pasajeros allí -las cosas sórdidas pasan siempre en cuartuchos sin ventanas-; nos soltaron al cabo de unos minutos), recogimos las maletas y comprobamos, con alborozo, que habíamos contratado (o más bien lo había hecho Rosa, la compañera de trabajo de mi marido que se encargó de organizarnos el viaje; gracias otra vez) un transporte hasta el hotel. A priori no me había preocupado por el tema, pero cuando vi el mapa del aeropuerto y que tardamos una hora en llegar, agradecí muchísimo disponer de ese servicio.

Aunque la hora y pico que pasamos en el microbus fue algo pesada (sobre todo porque nos habíamos pasado ocho horas metidos en un avión), fue genial ver los rascacielos a lo lejos, aproximándose poco a poco, pensando que eran enormes pero sin ser conscientes de su verdadera magnitud hasta que estuvimos entre ellos.

hotel02

Ya en Manhattan, llegamos a nuestro campamento base, el Hotel Park Central, en la Séptima avenida con la calle 56, una localización magnífica y un hotel estupendo al que no descarto volver cuando regresemos a Nueva York (porque pensamos hacerlo).

Rendida

A pesar de que en casa era casi medianoche, allí apenas eran las seis de la tarde, así que soltamos las maletas, nos refrescamos un poco y salimos a la calle, a dar una vuelta sin mapas ni guías ni rumbo fijo, sólo por dar una vuelta (algo que ya hicimos en Londres y que va camino de convertirse en una tradición), y así paseamos por primera vez por Broadway y vimos al fin en directo las luces de Times Square.

Diez días después nos despedimos de la Gran Manzana, que abandonamos con todo este equipaje (la imagen describe bastante bien lo derrotada que estaba):

devuelta02

Una hora de microbus, ocho horas de avión (más la espera para embarcar), amenizadas con alguna que otra estruendosa tormenta que agitaba sin piedad el aparato, hora y media de tren (ese día comimos en la estación de Málaga, desde la que escribí esto) y un trayecto en taxi después y al fin llegamos a casa, un viaje de vuelta que comenzó el 1 de octubre y terminó la tarde del día 2 (cambio horario incluido).

PD: Evidentemente queda aún mucho por contar, pero prefería unificar el tema de los trayectos.

2 comentarios en “Historia de una ida y una vuelta

    1. Tengo buena memoria para las tonterías😉 Para el resto del viaje tendré que echar más de una vez mano de las chuletas, que las tengo, jeje.

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