Barcelona (III)

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Si el primer día en Barcelona fue de callejuelas estrechas en las que el Sol apenas lograba perturbar la majestuosidad del gótico, el segundo le tocó el turno a las anchas y cuadriculadas avenidas (el Eixample o Ensanche, fruto de la ampliación –ordenada y planificada- de la ciudad) en las que era imposible encontrar una sombra en la que resguardarse del intenso calor que hacía y desde la que apreciar cómodamente las joyas del modernismo barcelonés.

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Empezamos el día en la Sagrada Familia, adonde fuimos en metro y ante la que tuvimos que esperar, como es habitual, una larga y soleada cola (bueno, la esperé yo, porque mi marido aprovechó para hacer algunas fotos antes de entrar). El eslogan de la Sagrada Familia es algo así como que visitarla ofrece la oportunidad única de asistir a la construcción de una catedral. Y es cierto. Aquello está en plena construcción. Solamente se puede caminar por un estrecho (sobre todo teniendo en cuenta la gente que había allí) corredor, porque el resto está tomado por obreros, grúas y máquinas ruidosas y polvorientas.

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A mi marido le encantó la Sagrada Familia por ese privilegio de conocer el nacimiento de un conjunto así. A mí no me gustó precisamente por lo mismo. Me gustan mucho las piedras, pero las prefiero terminadas y, a ser posible, viejas. Allí todo era demasiado nuevo. Pero es una apreciación personal, claro está. Sin embargo, admito que el edificio es impresionante (lo será aún más si llegan a terminarlo), y la única fachada que completó Gaudí, la de la Natividad, es deliciosamente abigarrada (la de la Pasión es hermosa también, aunque de un estilo completamente diferente).

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Si no tenéis miedo a las alturas ni a esperar una cola kilométrica podéis subir a alguna de las torres, previo pago, porque no está incluido en la entrada (cuando nosotros fuimos sólo había un ascensor operativo y la espera estimada superaba las dos horas, así que pasamos).

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Cuando salimos de allí bajamos caminando la Diagonal, rumbo al siguiente punto de nuestro itinerario: la Pedrera, un edificio de pisos (originalmente; ahora alberga oficinas y un museo sobre la vida de la burguesía barcelonesa en las primeras décadas del siglo XX) obra también de Gaudí y que condensa la esencia del arquitecto catalán y de todo el modernismo: desprecio por las líneas rectas (y las esquinas, lo que facilita sin duda la limpieza) y pasión por el color (que se concreta en el gusto por azulejos y baldosas multicolores).

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Aunque las salas domésticas del edificio, con sus artilugios y enseres de principios del siglo pasado no deja de ser curiosa, lo mejor quizás sea el ático o buhardilla, un recinto oscuro pero acogedor (sin líneas rectas) en el que permanecen expuestas distintas maquetas y bocetos de la propia Pedrera y también de otras obras de Gaudí. Las vistas desde la azotea son impresionantes, pero entre el vértigo que me produce la altura y el que me producen los escalones (hay escalones literalmente por toda la azotea) no pude disfrutarlo demasiado (de hecho, me quedé sentadita mientras él hacía fotos).

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Al salir de la Pedrera bajamos caminando por el Paseo de Gracia, en el que también se asienta la Casa Batlló, de nuevo de Gaudí. Cerca ya de la Plaza de Catalunya paramos a tomar un café en Laie, un establecimiento de dos plantas con una cafetería (estupendo café, por cierto) en la planta superior y una librería en la inferior (no creo que llegue a hacerlo nunca, pero siempre he querido montar una cafetería-librería). Tras el descanso, continuamos caminando por la Ronda de Sant Pere, donde nos topamos con la tienda de Gigamesh (que visitamos) y, al final de la avenida, muy cerquita del Arco del Triunfo, con la de Norma, en la que estuvimos un buen rato. (Alcancero nos recomendó otro sitio, Freak, que no conocíamos y que está también por esta zona; nos lo apuntamos para la próxima vez).

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Y después seguimos caminando, por el Paseo de Lluis Companys y el Parque de la Ciutadella, en el que están el Zoo, el Museo Zoológico (el Castillo de los Tres Dragones), el Parlament de Catalunya y el impresionante estanque de arriba, también diseñado por Gaudí.

El recorrido continuó por la zona del Born (uno de los antiguos puntos neurálgicos de la ciudad) y así llegamos hasta Santa María del Mar, en cuyo interior estuvimos sólo unos minutos (estaban cerrando), suficientes para saber que tendríamos que volver y también para ver a Joan Gaspart con capa.

Barcelona (I)

Barcelona (II)

2 comentarios en “Barcelona (III)

  1. Oye qué preciosidades, me dejas flipada. No sabía que era tan bonito.

    Por cierto quería comentar que para mí los dos puntos de vista acerca de la Sagrada Familia son igual de válidos: ver algo acabado y vetusto es un lujazo que creo que nuestros sucesores tal vez no vean. Pero por otra parte es interesante, citando las palabras de Contradictorio, asistir al nacimiento. No sé con qué me quedo, la verdad.

    Con que habéis hecho unas fotos buenísimas. No sólo lo que fotografiáis es bello, sino que las fotografías en sí son fantásticas.

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  2. Las fotos que ilustran este post son todas de mi marío, que te agradece los piropos😉 (ese día no tenía yo ganas de hacer fotos, jeje).

    Es cierto que hay pocos sitios que te ofrezcan esa dualidad, por así decirlo, y sólo por eso merece la pena ir a verla, a pesar de las colas. Como ya digo, yo prefiero las piedras viejas aunque, como casi todo, es cuestión de gustos.

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