Barcelona (IV)

La escalinata del Parque Güell

El segundo día en Barcelona fue tan intenso y agotador que decidimos tomarnos el tercero con un poco más de calma. O esa era la intención. Habíamos quedado para comer con nuestro amigo Javi, así que despejé nuestra agenda vespertina y programé una mañana más relajadita en la que sólo veríamos el Parque Güell, uno de esos sitios tan alejados que hay que ir expresamente y que no encajan bien con casi ningún otro itinerario.

Pabellón de entrada al Parque Güell
No sé si se puede llegar hasta allí en autobús, pero ir en metro es toda una aventura, no porque sea complicado el itinerario subterráneo, sino porque hay que andar un buen trecho en cualquier caso, no importa cuál para escojas de las dos que se acercan por allí, Lesseps o Vallcarca.

La primera deja bastante lejos del parque. Hay que caminar como un kilómetro y pico por un camino en constante ascenso. Por ahí se llega a la entrada principal del recinto, que recibe al visitante con dos hermosos pabellones o casetas que parecen sacadas directamente de un cuento de hadas.

La Sala Hipóstila del Parque Güell

Una escalinata adornada con la salamandra de cerámica que se ha convertido casi en un emblema de Barcelona conduce a una gran sala techada pero abierta y decorada con un centenar de columnas (la Sala Hipóstila) y hermosos mosaicos de cerámica. Sobre ella hay un amplio mirador o plaza y junto a ella la Casa-Museo Gaudí, diseñador del parque (sí, aparte de construir edificios también diseñaba jardines y parques), además de unos viaductos porticados construidos originalmente para el paso de carruajes y que comunicaban con algunas de las vías más importantes de la ciudad.

Viaducto en el Parque Güell

La Bajada de la Gloria
Eso es lo que se ve si uno se baja en la estación de Lesseps. Nosotros lo hicimos en la de Vallcarca. Desde ahí hay que caminar también bastante, hasta que se llega a una vía irónicamente llamada Bajada de la Gloria. No es la Bajada de la Gloria. Es la Subida del Infierno, una calle tan empinada que en buena parte de ella han puesto escaleras mecánicas (en plena calle, algo de por sí llamativo). Pero no hay escaleras en toda la calle. Hay un generoso tramo que hay que subir y es tan vertical que en algún momento creí que me iba a caer de espaldas. Y no exagero. Al final de la puñetera calle se accede a una de las entradas del parque, eso sí, cuando has subido una buena escalera (no mecánica).

Vista desde el Parque Güell

Cuando, al final de nuestro recorrido, llegamos a la entrada principal de la que hablaba más arriba, cambió bastante mi percepción del parque. Si no fuese por ese conjunto arquitectónico, no sería más que un parque periurbano como tantos otros (con unas vistas impresionantes de Barcelona, he de admitir, aunque no subí a su punto más alto por mi ya mencionado problema con las alturas y los miradores sin barandillas) que condensa la esencia del problema barcelonés con las sombras. Ni un solo camino o recodo en el que puedan sentarse a descansar los visitantes se beneficia de la sombra de la abundante vegetación. Ni uno. Los árboles sólo daban sombra a zonas por las que no se podía pasar. Igual piensan que allí no hace sol o que no hace calor. Se equivocan.

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Al salir del parque, nos dirigimos a Lesseps (con una parada de refresco por el camino) para tomar de nuevo el metro y volver a la Pedrera, donde habíamos quedado con Javier. Él nos llevó a Goliard, un restaurante pequeñito donde nos pusimos al día (llevábamos un tiempo sin vernos) y comimos estupendamente.

Después nos dio un paseo por el barrio de Gracia y nos contó la historia de esta zona de la ciudad, originalmente un municipio independiente al que los barceloneses iban a pasar sus vacaciones pero que con el tiempo terminó siendo engullido por la capital catalana, algo con lo que sus habitantes no estaban (ni están) demasiado conformes y que demuestra, según nos dijo, lo arraigado que está el sentimiento independentista en los catalanes.

Un autobús nos llevó de vuelta al centro, y paseamos por la Plaza de Sant Jaume, tomamos un café (bueno, un té) en un pequeño bar perdido en las callejuelas del Barrio Gótico y nuestro guía compartió con nosotros su teoría de que la escasez (casi absoluta) de tiendas de las de toda la vida en las que comprar un simple cartón de leche evidenciaba que en realidad en el Barrio Gótico no vive nadie y que los aparentes lugareños son figurantes contratados por el Ayuntamiento para mezclarlos con los turistas.

Nuestra ruta terminó aquel día con una merienda en un sitio llamado Buenas migas (gran tarta la que me zampé allí; gracias, Javi) y nos despedimos, aunque volveríamos a vernos el sábado.

Entregas anteriores (una, dos y tres)

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2 comentarios en “Barcelona (IV)

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