La mochila que no quería volver a casa

(O el épico regreso a casa desde California)

Golden GateLunes 25 de julio -03:00 am (hora del Pacífico, mediodía en España): Salimos desde el hotel de San Diego en el que nos alojamos rumbo al aeropuerto, donde debemos coger un avión hacia Nueva York a las 06:25. Intentamos dormir algo en el hotel antes de salir, pero sin éxito. Los aeropuertos son en general un sitio bastante deprimente, y aún lo son más cuando ni siquiera está montado. El aeropuerto de San Diego está abierto pero en él sólo hay un puñado de viajeros, como nosotros, y el personal, que poco a poco va poniéndolo en marcha. Tras algún malentendido (y pagar un recargo por la tercera maleta, pese a que la web de la compañía no decía nada de eso) conseguimos facturar y pasar por el control de seguridad, donde me paran y regañan por no sacar el portátil de la mochila (a la ida no tuve problemas con él ni en Málaga ni en Nueva York, donde hicimos escala, pero parece que aquí sí) y zarandean sin piedad el bolso donde llevo mi recién comprado iPad (menos mal que le compré una funda). Alcatraz

-06:00 horas: Embarcamos (el personal de la compañía pide voluntarios para cambiar su billete porque hay overbooking; ofrecen 400 dólares y añadir unas cuantas escalas al trayecto hacia Nueva York; nos hacemos los locos; tenemos que coger otro vuelo y, sobre todo, queremos llegar a casa. Tardaríamos aún bastante en poder hacerlo). Pese a que escogimos nuestros asientos cuando compramos los billetes, a Contradictorio se lo han cambiado y no vamos sentados juntos, así que pasamos siete horas varias filas separados. En los escasos minutos que precisa mi agotamiento para hacerme caer en coma (creo que caí fulminaba cuando el avión aceleraba para despegar) me da por pensar que, si tenemos un accidente, puede que al ir en filas distintas uno se salve y el otro no. “Mejor que se salve él”, fue lo último que pensé antes de cerrar los ojos.

Hollywood, desde el Observatorio Griffith-15:00 horas (hora de la Costa Este, seis horas más en España): Aterrizamos en el Kennedy. Tenemos cuatro horas por delante hasta coger el siguiente vuelo. Pese a que parezca una eternidad, pasa volando cuando tienes que ir de una terminal a otra (que no sabes cuál es, dónde está y cómo llegar a ella) y buscar un sitio donde comer (más bien donde sentarte a comer, porque el problema no es comprarlo, sino dónde comértelo). A la hora anunciada, nos dirigimos a la puerta de embarque, pero la cosa se retrasa. Tardan un rato en darnos explicaciones (y mientras tanto los numerosos españoles que hay por allí se ponen a hacer cola, ignorando la petición –en inglés- del personal de la compañía de que depongan su actitud y se sienten, porque aún queda bastante, y también ignorando el hecho de que no se embarca por cola, sino por zonas, indicadas en los billetes) pero al parecer hay un problema con el catering y la limpieza del aparato. Al fin conseguimos subir. No ha habido errores esta vez y vamos sentados juntos. El avión arranca pero no se mueve. Pasan los minutos, y nada. Pasan las horas, y nada. Al fin, dos horas después de lo previsto y tras dos horas sentados en el avión, despega (ha habido un problema con los documentos de la revisión técnica o algo así…).

Martes 26 de julio

-10:00 horas (hora española). Con una hora de retraso aterrizamos en Málaga. A pesar de lo que dicen de los controles de Inmigración en EEUU (a Contradictorio lo volvieron a parar para comprobar sus datos; le pasó cuando fuimos a Nueva York y, según le dijeron, le va a pasar cada vez que entre en EEUU porque “tiene un nombre muy común”), a la vuelta es peor. Hay un solo policía para un avión en el que vienen trescientas y pico personas, y no hay distinción entre españoles (o ciudadanos de la UE) y el resto, con lo que tarda una eternidad, como la que tardaron en salir las maletas (no sé cómo será la nueva terminal de Málaga, pero los nuevos recintos para las cintas de equipaje son una basura: pequeños, claustrofóbicos y mal refrigerados; aprovecho para informar a los señores de AENA de que en Málaga hace calor, ergo también lo hace en su aeropuerto, un calor del demonio, concretamente, así que enciendan el aire acondicionado, por Dios). Al recoger las maletas, Contradictorio ve que el cierre de la suya está roto, más bien quemado. Abre la maleta y dentro encuentra un bonito folleto de la TSA (en inglés, con versión española adaptada por un traductor automático, uno malo) en el que le informan de que su maleta ha sido agraciada con un control aleatorio. Como estaba cerrada, han tenido que abrirla, a lo bestia, pero declinan cualquier responsabilidad tanto por los daños que pueda sufrir la maleta en el proceso de apertura como por las condiciones en las que dejen tus efectos personales tras la revisión. Genial.

Las Vegas-Tras el cabreo, salimos del aeropuerto rumbo a la estación. Buscamos un tren para Sevilla. Las opciones son coger un regional que tarda media vida y para cuya salida faltan casi tres horas o un Avant (que, como no hay vía de AVE entre Málaga y Sevilla, tiene que pasar primero por Córdoba). Pero para ese faltan tres horas también, y queremos llegar ya a casa (en ese momento son las 11:30 de la mañana y no sabíamos todas las horas de viaje que aún teníamos por delante), así que decidimos pillar un AVE a Córdoba y desde allí otro a Sevilla. Sale más caro pero llegaremos a Sevilla a la hora a la que el Avant sale de Málaga.

I visited the Mothership

-13:00 horas: Llegamos a Córdoba. Como aún falta un rato para el otro tren, nos metemos en una cafetería para tomar un refresco. Contradictorio y yo acomodamos a nuestro alrededor las tres maletas y las mochilas. ¿Las mochilas? “Niño, ¿dónde está tu mochila?”. La mochila se ha quedado en el AVE y se va para Madrid. Drama. En la mochila van sus medicamentos (los buenos), la cámara de fotos, la de vídeo, la PSP, el iPod Touch, el móvil, las tarjetas de memoria, un disco duro de 500 GB con una copia de las fotos, sus gafas (las caras), la taza que se compró en Cupertino (envuelta en una camiseta también de Apple), mi taza de Star Trek… Contradictorio se viene abajo. Una servidora, a la que se le da bien funcionar bajo presión (bueno, no siempre), se hace cargo de la situación. Voy al centro de atención al cliente, donde explico mi tragedia a una de las empleadas, que trata sin éxito ponerse en contacto con el tren para averiguar, primero, si la mochila sigue donde la dejamos. Empiezo a entrar y salir del centro de atención al cliente, tratando de no agobiar a la muchacha pero sin dejar tampoco que se olvide de mí. Finalmente consigue hablar con el tren. La mochila está allí y el supervisor del tren se hace cargo de ella. Ahora está por ver si nos la traen o hay que ir a Madrid a por ella (al parecer, como el tren iba a Madrid, la mochila debe quedarse allí; depende del supervisor de un tren que venga de vuelta y que quiera hacernos el favor traerla; es raro pero es así). Comemos algo mientras esperamos una respuesta. Vuelvo a preguntar. Saben que podrán traerla, pero no a qué hora llegará. Seguimos esperando. A las 17:00 nos confirman que llegará a las 19:00. Y lo hace. Le doy las gracias al señor que la trae y también a los que trabajan en el centro de atención al cliente, porque he molestado a casi todos y todos me han tratado muy bien. Gracias. Comprobamos que la mochila está bien y sacamos los billetes para irnos a Sevilla. Salimos de Córdoba a las 19:30, seis horas y media después de nuestra llegada, y llegamos a Sevilla a las 20:15 y a casa, al fin, sobre las 21:00, día y pico después de haber iniciado nuestro periplo. Habría besado el suelo de mi casa de no haber sido por la capa de polvo que tenía…

El Centro de Convenciones

PD: Dejo por aquí el enlace a todas mis fotos (Contradictorio va un poco más lento que yo con el material gráfico) por si alguien quiere echar un vistazo, mientras escribo el resto, a lo que vimos en San Francisco, su Bahía, Silicon Valley, Los Ángeles, Las Vegas y San Diego (Comic Con incluida).

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6 comentarios en “La mochila que no quería volver a casa

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