Lógica aplastante

El domingo pasado a mi padre se le ocurrió que fuese con él al fútbol a ver el infame Córdoba-Betis. Hacía mucho tiempo que no iba a un estadio y aún más, concretamente toda mi vida, que no iba con mi padre. En realidad no sé para qué me llevó, porque se pasó todo el partido hablando con los tipos que tenía alrededor -todos son socios del Córdoba, como él, y se conocen todos-, pero allí estaba yo, disfrutando de una experiencia paterno-filial inédita, con un partido que no fue gran cosa pero que me permitió aprender nuevas formas de animar a los jugadores (“Vete a la mierda ya, Richi, que eres una caja de pescao, cabrón”) y constatar la frialdad de la desencantada afición blanquiverde, de la que habla Paco Merino en este post. También me permitió reírme de un tipo al que no le apetecía respetar la cola para entrar al estadio y que creyó que era buena idea tratar de adelantarme. Craso error.

El tipo, un individuo pequeño y regordete, acompañado por dos churumbeles, se plantó a mi lado. Avanzaba siempre un pasito después que yo, golpeándome con uno de los niños cada vez que se movía. A la quinta o sexta vez que estampó a su prole contra mi pierna, actué:

-¿Por qué no se pone en la cola, como los demás?
-Yo estoy en la cola.
-No, usted no está en la cola, está avanzando paralelamente a la cola, intentando adelantarme.
-¿Cómo que intentando adelantar? Yo estoy en la cola.
-A ver: ¿cuál es el lugar exacto que ocupa usted en la cola?
-Yo estoy a la altura de ese señor -señala al señor que iba detrás mía.
-Si está usted en una cola, no puede estar “a la altura de nadie”. O está delante, o está detrás, pero es imposible que esté “a la altura de”, así que haga el favor de ponerse en la cola, como lo estamos los demás.

El individuo se quedó un segundo callado, buscando una respuesta apropiada, o tal vez intentando procesar que yo tenía razón y él no. Al fin habló:

-Es que llevo dos niños -ahí estaba, la carta de los niños. Cualquier individuo que use a sus hijos como excusa para cualquier cosa debería automáticamente quedar descalificado como padre y como ser humano.
-Que vaya con dos niños no imposibilita que se ponga en la cola con ellos. Todos los que estamos aquí venimos con otras personas y todos estamos en la cola, alineados.

Ahí ya no contestó. Arrastró a sus dos pequeños (y su dignidad, imagino) hacia atrás y se puso en la cola. Mientras se alejaba, farfullaba algo así como “que estoy intentando adelantar, me dice”.

A todo esto mi padre, que no sólo no abrió la boca sino que se fue alejando poco a poco de mí cada vez que yo hablaba, no fuese a tener que intervenir (en ningún caso lo habría hecho), se atribuyó más tarde el mérito de mi pequeña victoria. “El tipo no te contestó porque sabía que venías conmigo”, me dijo. “Claro, papá”, le contesté yo, “claro”.

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