Doce uvas (y alguna más)

grapes

(Foto: ‘Grapes’, de Pamramsey)

Soy de natural desconfiada. Sería un poco largo explicar por qué, así que lo dejaremos en que la gente se ha empeñado a lo largo de los años en hacerme desconfiada. Y como soy desconfiada, siempre cuento las uvas para Nochevieja, primero las que mi madre me ponía en un plato (no es que no me fiase de ella, es que no podía evitarlo) y luego las que diversos fabricantes metían en latas con el letrero Las 12 uvas de la suerte cuando empezó a extenderse eso de comprarlas peladas, limpitas, despepitadas y enlatadas.

Pero este año no las conté.

No tengo muy claro qué pasó, pero el caso es que a mi marido y a mí (únicos invitados a nuestra pequeña fiesta de Nochevieja) se nos hizo tarde. Un par de minutos antes de la medianoche mi marido desparramó el contenido de dos latitas de uvas en sendos platos y, cuando nos sentamos en el sofá para comérnoslas, en la Puerta del Sol ya iban por los cuartos. Y empezamos con ellas.

En la séptima campanada ya noté que había algo raro. Con la séptima uva de camino a la boca, en el plato seguían quedando demasiadas. ¿Cuántas? No lo sé, al menos seis o siete. Puede que ocho. Más de cinco, seguro. Pensé (poco, porque en esos momentos uno suele estar concentrado en las campanadas, las uvas y la mano que las lleva del plato a la boca) que sería culpa mía, que me habría despistado y me habría saltado alguna campanada. Tampoco habría sido raro. Mi legendario despiste sólo compite con mi legendaria inestabilidad (puedo caerme sola estando de pie, quieta, y sin que nada o nadie me distraiga o importune). Y con la desconfianza de la que hablaba al principio, claro.

Como digo, pensé que era culpa mía. Así que aceleré para llegar a la última campanada con la última uva del plato metida en la boca. Cuando terminé de engullirla miré a mi marido, para darnos la clásica felicitación y el también clásico primer beso del año. Pero él no sonreía, ni me felicitaba, ni se acercaba para besarme. Me miraba de un modo raro, señalando el plato de sus uvas que, contra todo pronóstico, no estaba vacío. Tres uvas se alzaban insolentes, rebeldes, bajo la mirada perpleja primero de mi marido y después mía. ¿Por qué demonios había tres uvas allí? Él intentaba averiguar qué había pasado y me decía que me había visto acelerar a medio camino entre un año y el otro y no entendía por qué. Mientras le apremiaba a que terminase con las tres supervivientes (una cosa es que una no sea supersticiosa y otra que se dejen uvas en el plato, sobre todo si no se está segura de cuántas se han comido), se me ocurrió que a lo mejor venían más uvas de la cuenta en la lata.

No, eso no podía ser. Aunque hubiesen venido de más, en el plato sólo habría doce, porque yo siempre las cuento

Pero esa vez no las había contado. No fui yo quien las puso en los platos, ni las conté después. ¿Las había contado él? No. Asumió que vendrían doce porque en la lata decía que había doce. Nunca sabremos cuántas uvas comimos en Nochevieja. ¿Doce? Sí, al menos doce… y unas cuantas más. Que yo sepa, la tradición nada dice de las uvas que uno pueda comerse después de haber dado buena cuenta de las doce de rigor, ¿no?

Mirando el lado positivo, ya tenemos a quien echarle la culpa si el año 2012 es un desastre: al tipo que es incapaz de meter en una lata lo que promete en la etiqueta.

4 comentarios en “Doce uvas (y alguna más)

  1. Pues no había pensado yo en que a lo mejor venían de repuesto, como esos tornillos de más que vienen a veces cuando compras un mueble (o al menos a mí siempre me sobra alguno :P). Eso sí, podían indicarlo en la lata: Las 12 uvas de la suerte (y unas cuantas más de repuesto), jeje.

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