Regalos navideños (y el pijama de Bob Esponja)

Mi hermano, que en muchos aspectos es bastante más listo que yo (en otros no tanto, o eso quiero pensar), aprendió bien pronto que era más fácil, rápido y sobre todo cómodo (para él) dejar que yo me encargase de los regalos familiares con la excusa de que no se le ocurría nada. Limitándose a pagar la parte correspondiente se ahorraba la búsqueda, compra y envoltorio de regalos que, seamos sinceros, a veces ni siquiera nos apetece regalar.

Coffee Maker 08A veces hacía excepciones, y compraba alguna cosa en Navidad, pero sólo para nuestra madre y nuestro abuelo. Y para mí, claro, como la cafetera de la izquierda, prueba de que eso de que no se le ocurría nada no siempre era cierto.

En casa mi madre se encargaba de los regalos familiares. Compraba para mi hermano, para mi padre y para mí, además de para mis abuelos, mis tíos y mis primos. Ella empezó a recibir regalos en casa cuando mi hermano y yo tuvimos edad (y dinero) para hacerlos. En los 33 años que estuvo casada con mi padre, él sólo le compró algo dos o tres veces (y era yo la que lo escogía y compraba con su dinero, en su nombre). Hablar de mi padre requeriría un texto mucho más largo y unas cuantas sesiones de terapia, así que lo dejaremos ahí.

Cuando mi madre se fue asumí los regalos navideños de la familia, así que desde entonces me encargo de regalar, en mi nombre, en el de mi padre y en el de mi hermano, a mi abuela; en mi nombre y el de mi hermano a mi padre; y en el mío y el de mi padre a mi hermano (mis tíos y primos salieron de la ecuación cuando ocurrió lo de mi madre). Además me encargo de ilustrar a mi hermano sobre lo que me gustaría que me regalase (es decir, le digo que me compre esto o aquello, normalmente un libro).

[Inciso: este año el regalo para mi abuela ha consistido en una estantería de Ikea que he ido a comprar yo, he cargado (con la ayuda de mi santo esposo) y llevado a casa y después a Córdoba, donde también la he montado, con la ayuda de mi hermano].

Por si fuera poco, este año hemos añadido una variante más. Dado el esquema que he explicado más arriba, lo lógico sería pensar que mi padre y mi hermano me regalarían juntos algo o que al menos mi padre le haría el encargo a mi hermano, ¿no? Pues no. Este año, el 4 de enero por la noche, mi padre me pregunta (yo estaba trabajando y también trabajaba el día 5) si me había comprado algo para que él me lo regalase. ¿Cómo? “Sí, te dije que te comprases algo y que yo te daría el dinero”. No, no me dijo nada de eso, pero como hablar con él es como hacerlo con una pared, le contesté simplemente que no me enteré de eso. “Bueno, pues cómprate algo y ya te doy yo el dinero”. Ni de coña iba yo a deambular por las tiendas un 5 de enero buscando algo para regalarme. “Claro, papá, sin problema”.

Sé que voy a ir al infierno de cabeza (llevo años haciendo méritos y no creo que tenga ya arreglo), pero no fui a comprarme nada. Ni siquiera pensé en ello. Me limité a coger una rebeca que me compré hace un par de años y que no había estrenado y me la puse el sábado, cuando fui a verle. “Esto es lo que me has regalado, muchas gracias”.

[Otro inciso: el año pasado mi padre decidió unilateralmente romper la nueva rutina navideña que establecimos un año antes. Se negó, por ejemplo, a ir en Nochebuena a casa de mis tíos, donde también estaba mi abuela, y también a que nadie viniese a casa. La Nochebuena de 2010 la pasamos solos mi hermano, mi padre y yo. Mi padre estaba enfadado con nosotros, nadie sabe por qué, y nosotros con él por fastidiarnos la noche, así que no hablamos demasiado durante la velada. Su falta de espíritu navideño se extendió a los regalos de Reyes. Pasó de comprarme algo junto a mi hermano y me dejó colgado el iPod Touch que le regalé a mi hermano; bueno, su parte del importe, porque se lo compré. Contra todo pronóstico, el día 5 por la tarde (¿le habría visitado un fantasma dickensiano?) desapareció y volvió con dos regalos para mi hermano y para mí. A él le compró la chaqueta más fea y de peor calidad (seguro que ardía sólo con decir “fuego”) que encontró probablemente en la primera tienda china por la que pasó y a mí unas zapatillas de casa del Real Madrid. Tal cual. Me estaban pequeñas y tuvo que cambiarlas, pero no tenían la talla apropiada así que había que esperar. Dejé el tema enfriarse durante semanas, con la esperanza de que se le olvidase. Pero no. Llegaron las del número apropiado y ahora tengo unas zapatillas de casa del Real Madrid que pegan un calor del demonio en verano y te dejan los pies helados en invierno. Y para colmo, me hacen rozaduras]

Ya sabía yo que no era buena idea ponerme a hablar de mi padre. Menudo tocho que estoy soltando. Al menos es más barato que la terapia…

Volvamos al tema de mi condenación eterna.

Este año le pedí a mi hermano El rey pálido, la novela póstuma de David Foster Wallace (póstuma e inacabada; ya os contaré cuando me la lea qué tal ha salido el experimento), pero me sorprendió con otra cosa más. Por la tarde habíamos estado en casa de mis tíos y, hablando de las cabalgatas de Reyes, me explayé sobre lo horrible que me parece Bob Esponja. Cuando volvimos a casa y mi hermano me dio el segundo obsequio, vi que en la bolsa estaba el ticket. “Toma, se te ha olvidado el ticket dentro”, le dije a mi hermano. “Guárdalo, lo vas a necesitar”, fue su sombría respuesta. Era un pijama de Bob Esponja.

Miedo 02

Me quise morir, claro. Pese a todo (que el bicho estuviese pintado en marrón y no amarillo ayudó) el pijama me gusta, así que no voy a necesitar el ticket. Lo que no me vendría mal es aprender a tener la boca cerrada.

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PD: Mi hermano, vía Facebook, corrobora la calidad de la chaqueta que le cayó el año pasado (con más gracia que yo), por si alguien cree que exagero:

“La chaqueta estaba muy chula, lo único que pasa es que no me la suelo poner cuando hace sol por si se produce una combustión espontánea, cuando llueve por si se deshace con el agua o cuando hace frío, ya que estaría mas calentito con el pecho descubierto. Por eso he decidido dejarla en el armario, por si el fin del mundo es este año que no sepan que es mía”.

10 comentarios en “Regalos navideños (y el pijama de Bob Esponja)

  1. Por si te sirve de consuelo: pedí a los Reyes una cafetera. Una cafetera guay, en acero, con un poquito de ‘disseny’, y tal. Me trajeros una clásica cafetera de aluminio que, para añadir más gravedad al insulto, es de tamaño individual. La he estrenado hoy. Tras filtrar escasamente el café -puaj-, se ha roto. Juro que no fui yo -en serio, lo juro-. No está mal, la duración de la existencia de los regalos de Reyes: menos de cien horas.

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  2. ¿Menos de cien horas? Sí que aguantó poco. Encima una individual. De esas chiquitinas, imagino. Yo necesito una de cuatro tazas para usarla ‘individualmente’. ¿Fuiste bueno el año pasado? Es la única forma que se me ocurre de explicar el despropósito.

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  3. Supongo que me regalaron una cafetera a imagen y semejanza de mi espalda. O del año pasado. O ambas cosas. Algo así, sí…

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