La ropa de mi madre

En los tres años y medio que hace que mi madre nos dejó mi padre se ha ido deshaciendo de muchas de sus cosas: bolsos, zapatos, cosméticos… Pero quedaba la ropa. En un momento de enajenación mental (probablemente harta ya de que me dijese que alguna de su ropa podría valerme y que había muchas cosas que ni llegó a estrenar) le dije que yo me encargaría de ella. Aunque pronto lo olvidé, o quise olvidarlo, mi padre, que tiene muy buena memoria para según qué cosas, no lo hizo. Periódicamente me recordaba que tenía que revisar la ropa, ver qué quería quedarme y qué no. Pero yo siempre lo iba posponiendo. Hace un par de meses, la insistencia empezó a ser molesta. Y no porque quisiera dejar de ver la ropa de mi madre en armarios y cajones, sino porque quería sitio para meter la suya.

Inciso: mi padre nunca se ha comprado ropa. Lo hacía mi madre y yo si tocaba hacer algún regalo. Lo que le compraba mi madre se lo ponía, a regañadientes; lo que le comprábamos los demás, no. Desde que no está mi madre ha empezado a comprarse ropa. Mucha ropa, aunque no demasiado variada; hay innumerables versiones de tres o cuatro prendas. A esta compra compulsiva se une que ha perdido mucho peso en estos últimos años, tanto que es improbable que le vuelva a servir lo que se ponía hace cuatro años. Pero se resiste a deshacerse de ello. Hasta llegar a su peso actual tuvo otra considerable pérdida intermedia. Tampoco esa ropa le está bien, ni posiblemente vuelva a estarlo, pero ahí sigue. Y entre la ropa actual y toda la que no se pone tiene llenos todos los armarios de la casa (que son muchos), salvo el de mi hermano y el que hasta ahora era de mi madre.

Pero el problema, claro, era la ropa de mi madre. Un día me cansé ya de escuchar sus quejas sobre que no tenía sitio para meter sus cosas y me planté en Córdoba con una maleta y un bolso de viaje, dispuesta a zanjar de una vez ese asunto.

Bendita la hora.

No sé si habéis tenido que pasar por un trance similar, pero revolver entre las cosas de un ser querido que ya no está no es agradable. De entrada, tienes la sensación de estar saqueando a un fallecido. Porque eso es lo que estaba haciendo yo: rebuscar entre la ropa de mi madre para ver con qué me quedaba. Muchas cosas recordaba habérselas visto puestas. Y con cada una de esas prendas, imágenes de mi madre se superponían y me golpeaban, una tras otra. Todas esas cosas fueron al montón que mi padre llevaría a la beneficencia.

Puede que lo peor de todo fuese pensar que mi madre fue la última persona que tocó todas aquellas cosas. Todas sus otras pertenencias habían ya sido tiradas, movidas y en general tocadas por mi padre. Pero nada de aquellos cajones ni de aquel armario se había tocado desde que ella lo puso allí.

Con mi padre no hay lugar para el sentimentalismo, así que buena parte del proceso fue, en efecto, como un saqueo. Mientras yo sacaba las prendas con cuidado y las ponía encima de la cama, él lo cogía todo a montones y lo arrojaba de cualquier manera. Al principio yo iba mirando cada cosa, recordando, sopesando, decidiendo. Pero llegó un punto en que sólo quería que aquello terminase, así que empecé a llenar maletas pensando que ya lo miraría todo en mi casa.

Había muchas cosas y mi maleta y mi bolso de viaje se llenaron pronto. Mi padre me dio una maleta suya, seguramente de los chinos, una que creo que ni había estrenado. “Pero tráemela la próxima vez que vengas”, dijo, a lo que respondí: “¿Te hace falta? ¿Te vas de viaje?”. “No”, respondió. “Entonces, ¿cuál es la prisa? ¿Crees que me voy a quedar con ella o qué?”. Esta charla tiene un antecedente reciente en una similar entre él y mi abuela -su suegra-. Él se trajo de su casa algunas cosas nuestras que tenía allí en una maleta que mi abuela insistió muchísimo en que le devolviera cuanto antes. Mi abuela está casi incapacitada, así que no iba a usarla, y mi padre la criticó muchísimo por la exigencia de devolución del equipaje. Estuve tentada de recordárselo, pero bastante crispado estaba ya el ambiente. Como casi siempre, por otra parte…

Dos maletas (grandes) y un bolso de viaje no bastaron para meterlo todo. Sin contar con lo mucho que empaquetamos para beneficencia, allí siguen quedando cosas. Hasta que mi padre se vuelva a poner pesado no pienso traerme nada más.

En mi casa, como traté de hacerle entender a mi padre, no tengo sitio para meter todo eso, así que, a la espera de una criba con la que reducir la cantidad de prendas para las que tendría que hacer sitio, dejé las dos maletas y el bolso de viaje arrinconados en el salón, hasta que acabase los exámenes.

Cuando hice el último me puse manos a la obra, y tuve que volver a enfrentarme a la sensación de estar saqueando, a la imagen de mi madre con su ropa, a saber que ella había sido quien había doblado todo aquello. Por si todo eso fuera poco, al abrir las maletas me abofeteó el olor de su ropa. No sé si vosotros también lo hacéis, pero mi madre guardaba jaboncitos en todos sus cajones y en sus armarios. Nunca supe de qué marca eran, pero podría reconocer el olor en cualquier parte. Y cuando abrí las maletas ese olor inundó mi salón. Y todo lo que vino con él. Es curioso lo evocadores que pueden ser los aromas.

Esta nueva criba de ropa tampoco fue agradable. No me avergüenza admitir que rezaba para que cada cosa que sacaba estuviese rota (mi madre no guardaba nada roto, todo lo más alguna cosa un poco estropeada) o no me quedase bien. Tras la operación reduje a más o menos la mitad lo que iba a quedarme y lo metí en bolsas que he distribuido por la casa, hasta que un día de éstos haga una criba en mi propia ropa para deshacerme de lo viejo/estropeado o que ya no me pongo y dejar así sitio para las cosas de mi madre. Espero que cuando abra las bolsas con su ropa se haya ido ya el aroma de sus jaboncitos…

4 comentarios en “La ropa de mi madre

  1. Un poco, pero es una más de las cosas que vienen en el lote cuando se te va un ser querido. Por si la pérdida fuera poco, claro…

    Gracias por pasar por aquí😉

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  2. Siento que hayas tenido que pasar por esta experiencia, que en función del entorno pueda ser más o menos dura. Yo temo el día en que me llegue el turno, estoy segura de que necesitaré bastante ayuda médica, no quiero ni imaginarme en algo así. Espero que estés más tranquila.

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  3. Gracias, María. Sí, ya estoy más tranquila. Afortunadamente, con el paso del tiempo ya hay sólo malos momentos puntuales, no el pozo continuo del principio. Imagino que esos pequeños momentos nunca se irán del todo. Tal vez sea mejor así.

    Lo peor de estas cosas es que, por ley de vida, a todos nos llegan. Nunca sabes cómo lo afrontarás y cómo de preparado estarás hasta que te ocurre. Espero que en tu caso pase muchísimo tiempo antes de que tengas que averiguarlo.

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