Mis otras vidas

shadow audience

Foto: 'Shadow Audience', de Georgie Pauwels 

Supongo que casi todo el mundo ha recibido alguna vez un correo electrónico por error. Aparte del spam indiscriminado y de los boletines y listas de correo a los que no nos hemos apuntado (muchos de ellos ni siquiera incluyen un botón para cancelar esa suscripción no solicitada), están los errores propiamente dichos, los mensajes enviados a gente con un nombre similar o una dirección similar a los nuestros e incluso los que sin que sus destinatarios se parezcan en nada a nosotros terminan en nuestra bandeja de entrada.

En una de mis cuentas de Gmail hace ya unos meses que aparecen a diario varios de estos mensajes, dirigidos a personas con las que comparto nombre y primer apellido (no sé si alguna de ellas también el segundo) y que me llegan desde España, Reino Unido, México, Venezuela o Estados Unidos, por mencionar sólo algunos de los países de origen (tengo un nombre mucho más común de lo que pensaba).

He contestado a algunos de esos correos para intentar subsanar el error, lo que con frecuencia me lleva a largos intercambios de mensajes con los que no consigo nada, promesas de arreglar el malentendido que no se cumplen o simplemente silencio.

Creo que no voy a contestar más a ninguno de estos mensajes. Tal vez sea mejor imaginar cómo serán esas otras vidas que podrían ser la mía…

La lista completa sería mucho más larga, pero baste este resumen para hacerse una idea de cómo son esas otras personas que se llaman como yo:

  • Tengo otra cuenta de Facebook (como si no tuviera bastante con una).
  • Tengo una tarifa canguro-no-sé-cuántos contratada con Orange (tras varios correos y una conversación telefónica de más de media hora me juraron y perjuraron que habían arreglado el error; sigo recibiendo facturas de otra persona).
  • Formo parte de una comunidad de vecinos de Central Park Oeste (ya quisiera yo) que recientemente convocó una reunión urgente para solventar unas filtraciones en el garaje del edificio. Me pregunto en qué quedaría la cosa.
  • Busco trabajo de dependienta de tiendas de ropa (pijas), preferentemente en Barcelona, donde se ve que no tuve suerte, porque poco después empecé a buscarlo también en Londres. Tengo cuenta en webs británicas de búsqueda de empleo de las que jamás he oído hablar y el currículum de una persona que no soy yo y cuyo correo electrónico, según indica en el apartado de datos personales, no coincide con el mío, así que no sé de dónde sale el error.
  • También busco trabajo en hoteles del Reino Unido, aunque no sé si ésta es una personalidad desgajada de la anterior o no.
  • Soy la responsable (u organizadora, o profesora, no lo tengo claro) de un curso on line de Técnico superior en farmacia y parafarmacia.
  • Fui miembro del comité organizador y responsable del transporte y cuidado de los ponentes de un ciclo sobre historia militar al que asistían participantes con nombres tan sugerentes como “Teniente Coronel Sandokán Ramírez”.
  • He recibido cartas de despido y liquidaciones de empresas de países en los que nunca he estado.
  • Trabajo con frecuencia con la Universidad de Ciencias de la Seguridad del Estado de Nuevo León (México), para los que por lo visto lo mismo organizo excursiones que me encargo de sus suministros de mantenimiento (tengo una decena de facturas de distintos conceptos que, al no saber a qué se refieren, no termino de entender, aunque me hace gracia que en el encabezado indiquen que el régimen fiscal es “Régimen de los Coordinados de Personas Morales”; a saber qué querrá decir eso).
  • Supongo que relacionado con el punto anterior, me encargo de un evento en un sitio (sí, es un sitio, lo he buscado) llamado Cereso Cadereyta, al que he invitado a un tipo que no sabe si podrá pagar la inscripción a tiempo. El tal Cereso Cadereyta es una localidad de Nuevo León de unos mil habitantes en la que hay algo llamado “Centro de Readaptación Social”. Sin comentarios.
  • Tengo al menos cuatro hijos (según los centros educativos que se han puesto en contacto conmigo hasta ahora):
    1. Uno en Valencia, cuyos profesores me escribieron con urgencia hace un par de meses para tratar sus graves problemas de conducta.
    2. Otro en Cataluña, cuyos profesores me han invitado a participar en una especie de puesta en común con ellos para que padres y educadores propongamos cosas para el nuevo curso (o algo así, porque está en catalán y ni me he molestado en pasarle un traductor automático).
    3. Otro en un lugar por determinar, pero al parecer una de sus profesoras se jubilaba este curso y una panda de madres han organizado una despedida fantabulosa cuyos avances seguían empeñadas en compartir conmigo pese a mis varios correos rogándoles que me eliminasen de esa lista. Tuve que ponerme un poco dura para conseguirlo.
    4. Mi cuarto hijo se llama Alejandro y estudia en el IES San Agustín de Guadalix, en Madrid. En mayo ya me puse en contacto con el centro para que arreglasen el error y les enviasen sus notas a sus verdaderos padres. Me dijeron que estaba solucionado, pero esta mañana he recibido su último boletín de notas. No demasiado buenas, por cierto. Sólo tiene calificaciones decentes (tristes notables) en Religión y Educación Física. En lo demás está entre aprobados raspados y hasta suspensos. No, este niño no tiene mucha pinta de ser hijo mío…

Con todo, creo que el incidente más gracioso de todos estos correos accidentales es tal vez el de la cadena de tiendas de ropa Pimkie.

Hace un par de meses me llega un boletín de su programa de fidelización de clientes. Pulso en el botón para cancelar la suscripción y me da error, por lo que les envío un mensaje a través de su formulario de contacto para que me dejen en paz. En lugar de eliminar simplemente mis datos para que todos podamos seguir con nuestras vidas, la persona que me atiende me enreda en una cadena de correos en los que insiste una y otra vez en que si tienen mis datos es porque yo se los he dado. No otra persona que se llama como yo, sino yo. Que una de las veces que compré en su tienda se los di a una dependienta. A la tercera vez que le dije a esta individua que jamás he comprado nada en ninguna de sus tiendas y mucho menos le he dado mi correo a una de sus dependientas, me remite a un formulario que también (¡oh, sorpresa!) me da error. Un par de correos más tarde consigo que mi interlocutora acceda a remitir mi solicitud a su “central en Francia”.

Al día siguiente, aparece esta maravilla en mi bandeja de entrada:

Tras haber consultado nuestra central en Francia, le informo que la coordinadora no puede encontrarle en el sistema.
Por eso le pedimos que nos envíe su nombre y sus apellidos, su código postal, la dirección completa y la fecha de su nacimiento.
Todo esto lo necesita la central para poder quitarle la inscripción.

O sea, que para que borren los datos míos que tienen tengo que proporcionarles otros que todavía no tienen. Claro. No sé si es brillante y creen que soy imbécil o si los idiotas son ellos, pero creo que de ahora en adelante me limitaré a borrar los correos que no sean para mí, y punto. Aunque con todo lo que cuento más arriba me he echado alguna risa, no sé si merece la pena que pierda el tiempo intentando desenredar todas estas madejas.

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