Navidad, etcétera

Belén Eustaquiense 2014

No soy una persona navideña. No me gustan las celebraciones multitudinarias (menos aún si vienen marcadas por el calendario), no me gusta el jaleo, no me gusta el ruido, no me gusta la saturación lumínica callejera (sí, hay más luz en la calle y se ve mejor, pero apenas lo noto; cuando entro a trabajar aún no han encendido las luces y cuando salgo, ya las han apagado), no me gusta tener que estar contenta (feliz, incluso) y no me gusta tener que dar explicaciones de por qué no me gustan todas esas cosas.

Supongo que en los treinta-y-muchos años que tengo habré pasado alguna Navidad buena, pero no tengo demasiados recuerdos al respecto. Para mí la Navidad (esa sucesión de reuniones que en mi familia tiene cinco fases: Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo y Reyes) suele ser una recopilación de discusiones, conflictos y mal rollo en general que hace temible cada tramo final de año.

En mi familia somos cuatro gatos (mi familia es la familia de mi madre; mi padre rompió con la suya antes de casarse con mi madre por razones que nunca han estado del todo claras; bueno, algo se sabe, pero mejor no abramos esa puerta): mi abuelo, mi abuela, mi tía (y su marido y sus tres hijos), mis padres, mi hermano y yo (a veces aparecía en escena la hermana de mi abuela, que es un Problema, así, con mayúsculas). Siempre hemos tenido una relación muy cercana, así que toda la historia de reencontrarte en estas fechas con gente a la que no ves aquí no se aplica. Normalmente el día en el que nos reuníamos todos era el 6 de enero, aniversario de la boda de mis abuelos (sí, se casaron el día de Reyes, algo que siempre me ha parecido deliciosamente raro). El resto de estaciones del vía crucis navideño cambiaba de localización según las épocas. Unas veces en nuestra casa, otras en la de mis abuelos y las menos en la de mi tía.

La Nochebuena, además, empezaba tras el almuerzo. El 24 de diciembre es el cumpleaños de mi hermano, así que había tarta, y velas que soplar, y cumpleaños feliz. A mi hermano le gusta todo eso. O le gustaba, igual que la Navidad. Las cosas son un poco diferentes ahora.

Como digo más arriba, supongo que habremos tenido unas cuantas navidades normales, pero lo cierto es que para nosotros lo normal era estar en casa de alguien y regresar antes de tiempo, a veces sin comer nada, porque mi padre se mosqueaba; o decidir en el último minuto no ir a la casa a la que se suponía que íbamos a ir, porque mi padre se mosqueaba; o, si la base de operaciones era nuestra casa, mosquearse mi padre y no querer ir a recoger a mis abuelos o no querer sentarse con ellos (y con nosotros) a comer. Esos escenarios eran los más frecuentes, aunque también tenían variantes. Por ejemplo, que sí estuviésemos el tiempo habitual en casa de quien fuera, o en la nuestra, y mi padre no hablase con nadie. Su papel en estos casos se reducía a sentarse a la mesa cuando ya estaba la comida allí, engullir como si fuese una prueba cronometrada y sentarse a roncar en el sofá. O irse directamente a la cama una vez se acababa la comida. Y casi era lo mejor, porque la alternativa era que se pasase horas humillando y ridiculizando a quien tuviera delante, especialmente a mis abuelos (de muy buen carácter, sobre todo mi abuelo, lo que les hacía víctimas propicias de individuos como mi padre).

Esto era antes de que empezase a faltarnos gente.

Todos los días echo de menos a mi abuelo y a mi madre. Y aunque los años pasan, sigue doliendo. Pero hay días en que esas ausencias son aún más evidentes, como éstos. Y todo es todavía un poco peor.

Las primeras navidades sin mi madre fueron también las primeras sin mi abuelo. Mi abuela, mi padre, mi hermano y yo nos fuimos a casa de mi tía. Dentro de lo que cabe, no fue mal. Mi padre se comportó, por una vez, y aunque parecíamos restos de un naufragio, mis tíos y mis primos nos arroparon y se esforzaron para que todo fuese lo mejor posible.

Al año siguiente mi padre cerró el paréntesis y volvió a su rutina. Se negó a ir a casa de nadie y se negó a que nadie viniese a la nuestra. El otoño transcurrió veteado de movimientos tácticos del tipo “vosotros podéis ir con vuestra tía si queréis, yo me puedo quedar aquí solo” y mi hermano y yo, que sabíamos que hiciésemos lo que hiciésemos nos iba a despellejar (es un experto en difundir públicamente sus dramas y añadirles capítulos enteramente originales, así que iba a ir diciendo que lo dejamos solo en Nochebuena de todas formas), decidimos acallar nuestras conciencias y pasamos la Nochebuena y la Navidad con él. Si habéis llegado hasta aquí os podéis imaginar el cuadro que componíamos los tres. En Nochevieja fue aún peor, porque yo seguí haciendo lo que hago desde que estoy con mi marido (casi 16 años ya): pasar Nochebuena-Navidad con mi familia y la Nochevieja-Año Nuevo con él. Así que en el segundo doblete festivo mi hermano se quedó solo con él. Ese ha sido básicamente el menú desde entonces, así que cuando llegan estas fechas sólo puedo pensar en las ganas que tengo de que llegue el 7 de enero.

A mí nunca me ha gustado demasiado el rollo navideño, por mucho que cumpla con las comidas familiares, los mantecados, las uvas, los regalos y demás ritos propios de estas fiestas. Pero a mi hermano sí que le gustaba el jaleo, las celebraciones, las reuniones familiares, la Cabalgata de Reyes y todo el fun, fun, fun.

Espero que algún día, tal vez cuando tenga su propia familia, pueda al menos recuperar eso.

2 comentarios en “Navidad, etcétera

  1. […] que somos polos opuestos. Una de ellas es su gusto por las celebraciones, incluidas las navideñas, como contaba el otro día. En ese apartado se incluye, supongo, su afinidad con los tipos disfrazados de rey mago con […]

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