Carteros

U S Post Office 97909
(Oficina de Correos de Jamieson, Oregon, todavía operativa cuando Laura Gilmore tomó esta foto, en 2009)

Nuestro cartero pasa por la calle casi a diario. No todos los días nos deja cosas, pero como viene en moto le escuchamos cuando viene. Un día dejó de hacerlo. Pensamos que estaría enfermo y, como no esperábamos nada urgente, no nos preocupamos. Pasó una semana y nada. Cuando hacía casi dos semanas que no sabíamos nada de él, pregunté en varios grupos de vecinos del pueblo en Facebook si alguien tenía problemas con el correo. El hilo se llenó de gente que decía que para ellos lo normal es que vaya una o dos veces al mes, como mucho, y que es habitual que notificaciones de pagos, médicos y cuestiones similares les lleguen con retraso, tanto como para perder citas con especialistas y otras cosas.

Pero nadie había pensado en poner una queja. Para ellos eso era lo normal, así que asumían que el servicio de Correos era malo, y punto.

Dejé pasar un par de días más y, como seguía sin llegar nada, fui a la oficina de Correos del pueblo a preguntar. En efecto, nuestro cartero estaba de baja y la cosa iba para largo. Mientras volvía, nuestra ruta se la habían repartido entre los otros tres carteros del pueblo, porque no habían enviado a ningún sustituto, se quejó amargamente la señora que me atendió.

[Desde mi desconocimiento absoluto sobre cuánto se tarda en hacer una ruta de cartero, me pregunté mientras hablaba con ella cómo era posible que a tres carteros –cuatro, si añadimos al nuestro– no les dé tiempo a recorrer, al menos un par de veces a la semana, un término municipal pequeñito en el que viven nueve mil y pico personas. Iba a decir algo cuando me acordé de “Perdido en el correo”, un artículo de Jonathan Franzen incluido en el volumen ‘Cómo estar solo’ en el que hablaba de un follón que hubo a mediados de los 90 en Chicago con el correo. Había demasiado trabajo y pocos carteros, y unos cuantos sinvergüenzas, que reaccionaron a la sobrecarga de trabajo no trabajando en absoluto, se llevaron a sus casas sacas y sacas de correo que apilaban en cualquier parte o directamente les prendían fuego. No quería que me pasase algo similar, así que me callé y sonreí comprensiva. Creo. Nunca se me ha dado bien lo de sonreír de forma comprensiva]

“¿Y no puedo llevarme lo que tengáis mientras viene alguien por mi casa?”. Al parecer, no. Las cartas no están en la oficina de Correos de nuestro pueblo, sino en la del pueblo de al lado.

Aquí empecé a preguntarme algunas otras cosas, pero preferí dar las gracias y marcharme antes de dejar que por mi boca saliera todo lo que me pasaba por la cabeza. Al fin y al cabo, aquella mujer no tenía la culpa.

Al día siguiente, tres semanas exactas después de la última visita de nuestro cartero, vino alguien a casa. Supongo que sería un cartero, porque ni lo vi ni lo escuché. Sí el golpetazo que soltó el último Wired al estrellarse contra el suelo de la entrada. Sí, tenemos buzón, y es además bien grande, tanto como para que quepan dentro Wired, un par de revistas más y multitud de sobres normales. No lo vio, o no le importó. El caso es que tiró la revista a la entrada. Tal vez fuese el mismo que quiso probar en su día las propiedades aerodinámicas de mi iPod Shuffle.

El caso es que al fin había venido alguien, así que pensamos que la cosa se iría normalizando y no fuimos al pueblo vecino a ver si había algo nuestro. Error.

Empezó diciembre, con festivos por todas partes, muchas cosas que hacer en casa y aún más en el trabajo, así que fuimos dejando lo de ir a reclamar nuestro correo. Y pasaron tres semanas más hasta que alguien fue por casa, con una carta enviada justo tres semanas antes (desde Barcelona, no Siberia) y alguna cosa más enviada también al menos quince días antes. El escuálido lote postal no incluía, sin embargo, la documentación de un nuevo seguro para el coche que había contratado (unos 18-20 días antes) y que, de proseguir la tendencia correo cada tres semanas me iba a llegar después de que hubiese vencido mi seguro actual.

Así que el lunes siguiente (esto fue un viernes) nos fuimos al pueblo vecino.

El pueblo vecino no está lejos, pero sí lo suficiente como para tener que ir en coche. Además, la oficina de Correos en cuestión está en una parte de dicho pueblo cuya planificación urbanística, por decirlo de forma simple, fue diseñada por un psicótico no diagnosticado y aún menos medicado. Ni GPS, ni leches. Llegamos más o menos bien, pero salir de ese laberinto fue infernal.

En la oficina pedimos hablar con el jefe con el que nos indicaron en nuestro pueblo que debíamos hablar, nos dio lo que tenía nuestro allí (otro Wired y los papeles de mi seguro, pero nada más; fijo que alguien se ha quedado con mis cupones de descuento, ofertas publicitarias y otras cosas más que nunca miro pero que son mías) y le contamos nuestra vida (con la que no empatizó nada, todo hay que decirlo). Al parecer ya había un cartero sustituto para nuestro titular, y como era nuevo, y con las fiestas, en las que tienen mucho trabajo, y no sé qué más, tardaría un poco en coger el ritmo. Pero seguro que en cuanto pasase toda la fanfarria navideña volvería todo a la normalidad.

Lo que no me quedó claro es qué entendía él por normalidad. Probablemente lo mismo que mis convecinos, porque ahora, en lugar de una vez cada tres semanas, viene una cada dos. Semanas, claro.


Actualización (15/01/2015): Nuestro cartero ha vuelto hoy al trabajo, con varias cartas y paquetes que nos ha entregado convenientemente, sin lanzar nada por encima de la verja, ni tirarlo al suelo, ni nada. Le hemos dicho que lo hemos echado de menos, claro. A lo mejor otro día le cuento que hasta he escrito un post sobre los individuos que nos han (des)atendido en su ausencia.

Actualización (bis): Parece que hay problemas de reparto por toda España. Aparte de los miles de paquetes que se han pasado semanas a la intemperie en el aeropuerto de Barajas, hay miles de envíos pendientes también en varias provincias andaluzas, por lo que he podido ver. Los de Correos han salido al paso con un comunicado estándar en el que dicen esto (y se quedan tan panchos): “El índice de calidad de entrega de envíos ordinarios en el año 2014 en Andalucía es de un 96,3% de envíos entregados a sus destinatarios dentro del plazo de tres días desde que los depositan los remitentes”. Será que estamos en ese tres y pico por ciento restante…

5 comentarios en “Carteros

  1. Qué arte! El tuyo, contándolo, el de tus vecinos, aguantando, oye, ni una queja, y el de Correos y su servicio en los pueblos pequeñitos, y en los no tan pequeñitos. El mío nos visita un par de veces a la semana, a lo sumo; ha ido alargando su frecuencia de paso desde la entrega diaria hasta la actual. Un día, dejará de aparecer😀

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    1. Muchas gracias por echarle un ojo y por comentar esta tontería, Raquel. Y sí, lo de los vecinos tiene tela. Sobre todo si siguen perdiendo cosas importantes. No entiendo cómo no se queja nadie.

      Seguidle la pista al cartero. Si veis que falta, id a preguntar, no sea que vuestras cosas estén en el sótano o en la hoguera de alguien, jeje.

      Curiosamente nuestro cartero ha vuelto al trabajo hoy. Se ve que tenía que haber escrito esto mucho antes… Por supuesto, le hemos dicho que le hemos echado de menos🙂

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  2. Lo de correos es universal. Yo he vivido en diferentes ciudades y pueblos y SIEMPRE he tenido problemas con ellos.

    Cuando vivía en Málaga, justo enfrente de la oficina de correos, y esperaba en casa algún paquete o carta siempre me encontraba después un papelito diciendo que no estaba. Me iba inmediatamente a la oficina a pedir que me dieran mi paquete, pero como bien pone en el papelito, no se puede recoger hasta el día siguiente “porque el paquete lo llevan los carteros y no vuelven hasta la noche” (sí, ya). Yo no entendía para qué se llevaba el cartero el pesado paquete si no me lo pensaba entregar, pero qué sé yo. Puse tropecientas reclamaciones, que evidentemente no sirvieron para nada, y un día acorralé al cartero que me tocaba en el parking que tenían al lado de la oficina, mientras el pobre hombre dejaba la moto. Y estaba tan cabreada que el pobre rebuscó en el saco hasta que me dio lo que yo quería, sin esperar hasta el día siguiente. Le eché una bronca gigantesca acerca de los avisos de ausente cuando uno está en casa y me dijo que les obligaban a ello para no entretenerse.

    Ahora en Mairena, teníamos un cartero maravilloso que subía los paquetes a casa sin problema, pero desde hace un tiempo hay uno nuevo que, o bien lo mete en el buzón quepa o no quepa (intentó meter un paquete con unos auriculares que quedó hecho un cristo, y con medio paquete fuera para que cualquiera que pasara por allí lo cogiera), o bien te llama al portero y te dice “te mando lo tuyo en el ascensor” y antes de que le puedas contestar ya se ha ido, tu paquete está subiendo hasta tu piso en el ascensor con cualquiera que pase por allí pudiéndolo coger, y tú con cara de tonto. Mi muchacho, la última vez que le hizo eso, bajó corriendo y lo pilló para decirle que por qué hacía eso en vez de subir los paquetes, a lo que de muy malas maneras contestó que si no eran certificados no tenía por qué subirlos. Supongo que será verdad (aunque su compi los subía), pero si no caben en el buzón pues no los destruyas o los dejes de cualquier manera! Deja un papelito que ya iremos a por lo que sea a la oficina.

    En fin, me enervo (y flipo con la historia del iPad volador, yo hubiera puesto una reclamación de cagarse!)

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    1. Lo que cuentas es una peli de terror que deja a lo mío en mero chacarrillo. Y si encima te ha pasado en varios sitios, peor me lo pones. Lo de dejar aviso en lugar de esperar dos minutos a que le abras la puerta es un clásico (a mí no me ha pasado donde vivo ahora, pero sí en casa de mis padres), y a veces también lo de empujar para que entre sí o sí.

      Pero lo del ascensor me ha dejado a cuadros. ¿Que los mete en el ascensor y se larga? Es acojonante. Y que todas esas cosas te hayan pasado a ti es más acojonante todavía. La carita del cartero al que acorralaste tuvo que ser épica, por cierto.

      Yo tampoco entiendo por qué no dejan simplemente un aviso y andando. Si lo van a entregar de cualquier manera, es mejor ir uno mismo a por él.

      PD: Por suerte fue un iPod de los chiquititos que no llevan pantalla ni nada, y venía en un envase casi irrompible. Si llega a sufrir un solo rasguño la liamos.

      PD II: Gracias por pasar por aquí a compartir tus penas postales🙂

      PD III: Por lo visto los problemas de reparto son generalizados. Hoy ha distribuido la compañía comunicados por todas las provincias diciendo que “el 96,3″ de envíos ordinarios se entregan a sus destinatarios dentro del plazo de tres días desde que los depositan los remitentes”. Tela. Lo voy a añadir ahora al texto.

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