La experiencia Mercadona

falling_down(No quiero que esto se convierta en un blog de quejas, pero hay individuos que se empeñan en tocarme las narices)

Pasarte el día entero fuera haciendo compras y gestiones varias puede ser a veces casi (sólo casi) tan malo como ir a trabajar. Porque en las calles, tiendas y sitios en general tengo que lidiar con una entidad deleznable que los expertos conocen como gente. Individuos por lo general molestos (y maleducados) que, además, no puedes silenciar, bloquear o reportar por spam tan fácilmente como en la vida on line. Que se lo digan al Michael Douglas de Un día de furia. Y no, esa película no es nada exagerada. Tras días como el de ayer incluso se me antoja tímida su reacción ante todos los que, una y otra vez, insisten en poner a prueba su paciencia.

Ayer tuve que lidiar con los típicos que van por primera vez a un sitio con códigos bien claros y delimitados (esto vale para Ikea, restaurantes de comida rápida, Starbucks…) y hacen todo lo posible por molestar a los que sí sabemos de qué va eso. Todos hemos ido a un sitio por primera vez pero, al menos en mi caso, no me quedo en medio dudando y mirándolo todo como si lo estuviera escaneando y cuando me atienden hago dos mil preguntas para pedir algo que no tienen y acabar llevándome el puñetero menú del día (después de quejarme mucho sobre los componentes de dicho menú, su precio o cualquier otra estupidez) y actuar, en general, como si el sitio fuese mío y no hubiese ni un solo cliente más en el establecimiento. Yo me aparto, miro las cosas el tiempo que necesite y, cuando ya lo tengo claro, voy y pido. Fácil. Tampoco, por cierto, me pego a la gente que tengo delante en una cola y le clavo el bolso/carrito/crío en la espalda. Ni le rebano los talones con los carritos. En fin. Cuánta razón tiene Mycroft:

En la siguiente parada de la ruta, dejo el coche en un parking, en una plaza con varias desocupadas a un lado y al otro, porque tenía que abrir las puertas del coche durante un rato (por motivos que no vienen al caso) y no quería estorbar a nadie. Por supuesto, 30 segundos después aparece una furgoneta enorme y aparca (mal) justo al lado de mi coche. Tuve el tiempo justo de cerrar la puerta delantera antes de que se la llevase por delante.

Otra parada más, otro parking. Vuelvo a dejar el coche con un par de plazas libres a cada lado y, de nuevo, otro imbécil que aparca a mi lado. Bien pegadito, no sea que se le enfríe el coche. Menos mal que yo ya había salido, porque no tenía sitio para hacerlo. El bolso y el abrigo, que estaban en el asiento trasero, los tuve que sacar por otra puerta.

Sí, ya voy con lo del Mercadona

Y, como colofón a una jornada perfecta, el Mercadona. En términos generales, los supermercados son una antesala del infierno. En este caso concreto, aún más. Por si fuera poco tener que aguantar a especímenes del tipo de los descritos arriba, en el Mercadona tienes que hacer frente a un factor más: los empleados.

Alguna vez me he quejado por Twitter de lo tostón que a veces se ponen para que compres un producto concreto, tanto en persona como por la ensordecedora megafonía (que siempre, al menos en el supermercado al que yo voy, arranca con un “Sí, señores clientes…”; así, in media res). Lo de ayer rozó el acoso. Había cinco empleados diferentes dando la brasa a los clientes con sendos productos: un gel nuevo (cuyo precio es exactamente el doble del que habitualmente compramos), mejillones (frescos, no en lata), zanahorias (también frescas), jamón (esto tenía truco; había un muchacho paseándose con tapitas que intentaba vendértelo si cogías una) y codillo (el vendedor en cuestión iba persiguiendo a todo el que se acercase a menos de 20 metros del mostrador de carnicería y le endosaba una fotocopia con dos recetas de codillo y luego, claro, intentaba que te llevases la carne en cuestión).

Pese a todo, conseguimos llenar el carrito y encaminarnos a las cajas sin soltar ningún improperio a nadie. Ya en la caja, no vendría nadie más a vendernos nada. Estábamos a salvo. A un paso de volver al coche y poder irnos a casa.

Me equivocaba.

Para alguien como yo (rarita) ya es de por sí complicado ver cómo una persona manosea los productos que estoy intentando comprar (ya sé que otros muchos los han manoseado antes, pero ojos que no ven, corazón que no siente; o algo así), y también que te las metan en bolsas de un modo totalmente distinto a como las empaquetas tú (cosas congeladas juntas, cosas frías juntas, botes juntos y así, para que al guardarlo en la despensa/frigorífico sea todo mucho más rápido). Si a eso le añadimos el componente cajera que hace comentarios sobre lo que has comprado la cosa puede ponerse peligrosa. La cosa fue más o menos así:

Cajera: “No querrás bolsas, ¿no?”.
Yo: “Claro que quiero bolsas”. (Mentalmente: ¿cómo pretendes que me lleve todo esto, en la mano?)
Cajera: “¿Cuántas?”.
Yo: “Trece”.
Cajera: (Como con espanto) “¿Cómo, qué has dicho?”.
Yo: “He dicho trece. ¿Pasa algo?”.
Cajera: “Uy, qué numero más horroroso, qué mala suerte”. (Si se llega a persignar me largo y dejo allí todas las cosas)
Aquí intercede mi marido: “Para nosotros no, al contrario”. (Y punto. No le íbamos a contar a esta mujer nuestra vida)
Cajera: “Ah. Bueno. De todas formas yo nunca he visto a nadie llevarse tantas bolsas”.
Mi marido, de nuevo: “Si nos sobran ya las usamos otro día”. (Aquí no digo nada. ¿Qué demonios le importa cuántas bolsas me llevo? ¿No las voy a pagar? Como si me llevo 200).
Cajera: “Hay que ver que no te llevas el gel que tenemos en promoción y te llevas este otro. ¿No quieres cambiarlo? También sirve como champú”.
Yo: “No. Me llevo este”.
Cajera: “Pero si es muy bueno, seguro que te gusta”.
Yo: “Esto no es para mí -sin dar más datos-. Yo uso un gel especial y un champú especial. Soy delicadita”.
Cajera: “Ah, ya…”. (Detecto un retintín, pero decido ignorarlo. Sólo quiero salir de allí. Pero vuelve a la carga)
Cajera: “Hay que ver la compra que habéis hecho. Vaya compra grande”.

Aquí menos mal que habla mi marido primero y le suelta un “es que venimos poco; preferimos hacer compras grandes”, porque yo ya estaba a punto de ebullición. Vamos a ver, señora. Punto 1: llevo un carrito, un solo carrito, y ni siquiera está lleno del todo. Punto 2: Usted qué sabe para cuántas personas estoy comprando. A lo mejor tengo 14 hijos, o a mis padres en casa, o a mis suegros, o vivo en una comuna. Punto 3: A usted puede que le guste ir todos los días a comprar dos cositas; a mí, no; no tengo ni tiempo, ni ganas, ni ánimo para lidiar con gente como usted más de una o dos veces al mes. Punto 4: ¿Qué demonios le importa lo que compre? ¿Por qué está analizando lo que compro? ¿Por qué lo comenta?

Al fin terminó de pasar todas las cosas por el lector de códigos, las pagué, las metí en bolsas y salí de allí. De camino al coche, por el aparcamiento, me desahogué a gusto (estas cosas hay que soltarlas, que luego vienen las úlceras y los infartos) y le dije a mi marido que las personas así tienen la suerte de que normalmente dan con otras mucho más educadas que ellas, que no les dicen lo que realmente piensan ni se ponen en plan Michael Douglas. Aunque algunos lo merezcan. No un tiro, pero sí un susto. Pero si soltamos todo lo que se nos pasa por la cabeza, nos volveremos tan maleducados como ellos. Y eso tampoco arreglaría nada.

3 comentarios en “La experiencia Mercadona

  1. “(que siempre, al menos en el supermercado al que yo voy, arranca con un “Sí, señores clientes…”; así, in media res).”

    Me has matado XDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD

    Nosotros solemos ir a comprar a la hora de comer (bueno, de 3 y media a 4, cuando la gente aún está de sobremesa o de siesta) y no sólo nos ahorramos a la gente (*shudder*) sino que hay muchísimos menos empleados dando la brasa. No gritan (demasiado), no insisten con los productos…

    De todas formas esa empleada que os tocó es un claro ejemplo de la gente que no sabe estar callada, no son capaces de estar solos con sus pensamientos (o ausencia de ellos) ni veinte segundos. Un “extrovertido extremo”, como yo los llamo. No los aguanto. Muchos de los que vienen a la oficina del paro son así, yo intento hacerles la tramitación lo más rápida y eficientemente posible (tenemos doce minutos por persona, y de media llegan 5 minutos tarde, así que… siete minutos) y ellos sin parar de hablar. Si son preguntas sobre la prestación pues lo entiendo, pero normalmente es diarrea verbal que ni lleva a nada ni viene de nada, es sólo rellenar el *horrible* silencio que les rodea. Si juntas a uno de esos con un introvertido como yo pues si no hay sangre es porque tengo educación xD

    Le gusta a 1 persona

    1. “Extrovertido extremo”. Me encanta. Define a la perfección a este tipo de gente. En tu caso es aún peor, porque te están perjudicando en tu trabajo. Y desesperándote, imagino. Odio a la gente que va a los sitios de atención al público y cuentan su vida y milagros al que los está atendiendo.

      No hay sangre porque tenemos más educación que ellos, pero un día verás😛

      PD: Me apunto lo de ir al Mercadona a la hora de comer. A ver si así tengo más suerte.

      Me gusta

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s