07.13.08
Lo que llevan todas las novias
Como de tantos otros temas, mis conocimientos del mundo nupcial son más bien escasos. Lo que sé de las bodas y su entorno se limita a lo aprendido de fuentes literarias y audiovisuales, sobre todo anglosajonas, y no va más allá del algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul, el novio no debe ver el traje de la novia antes de la boda, el si alguien tiene algo que objetar, que hable ahora o calle para siempre o el puede besar a la novia.
Sin embargo, mi escaso conocimiento no me libra de sentir un escalofrío cada vez que alguien (no importa quiñen) esgrime como irrebatible argumento para defender cualquier peregrina idea eso de “es lo que todo el mundo hace”. Cualquiera que me conozca sabe que siempre procuro escoger los caminos menos transitados, no tanto por buscar la originalidad como por mi legendaria tozudez.
Desde que iniciamos la aventura eustaquiense, he tenido varias ocasiones de comprobar cómo parece existir una especie de manual o libro sagrado que recoge todas y cada una de las cosas que se deben hacer en una boda, un preciado documento hurtado al común de los mortales y que por lo visto ilumina los pasos de unos pocos privilegiados que obtienen así el conocimiento necesario para guiar a novios y novias descarriados que pretenden hacer o ponerse cosas que no hacen los demás.
Pero todo eso son chorradas.
La última individua que pretendió instruirme fue la dependienta de una joyería. Estábamos en Córdoba y allí nos habíamos dirigido tres generaciones de mi familia (mi abuela, mi madre y yo) para escoger las joyas con que adornaría muñeca, cuello y orejas en el día de autos. Pasamos por una joyería cuyo escaparate tenía un conjunto que nos interesaba, pero aun así fuimos primero a otra, a sugerencia de mi abuela.
Aunque lo que tenían en el escaparate era bastante feo, entramos de todas formas. Pedimos a la encargada o dueña (no lo sé, ni me importa) que nos enseñase lo que tenía en oro blanco (eso buscábamos) y nos sacó un muestrario de pendientes francamente feos, como rosetones de iglesia en miniatura y con piedrecitas multicolores (feas) que daban al conjunto aún peor aspecto. Tras un rápido intercambio de miradas, teníamos claro que allí no íbamos a encontrar nada, así que dijimos que no nos gustaban educadamente, algo que a la encargada (o dueña) no le gustó demasiado, y contraatacó con una defensa de su catálogo, a lo que mi madre, una heroína que desata su lengua cuando otros sólo nos atrevemos a mordérnosla, contestó que los pendientes allí expuestos eran “catetos, de vieja”.
Por suerte me aguanté la risa, porque la cosa podría haber sido aún peor. La encargada (o dueña) se quedó sin habla durante unos segundos, que aprovechó su subordinada (o lo que fuese) para salir en su ayuda. La chica en cuestión (me abstendré de deleitarme en una descripción que sin duda sería ofensiva, así que sólo diré que no creo que estuviese capacitada para dar consejos de nada a nadie) contraatacó con frases lapidarias del tipo “esos pendientes son preciosos”, “son de estilo isabelino” (estuve a punto de preguntarle a qué Isabel se refería, si a una inglesa o a una española, pero por desgracia me contuve) o (y aquí viene lo bueno) “es lo que llevan todas las novias”.
Como siempre, aquella frase me erizó los pelillos de la nuca, y fue suficiente para que saliésemos de allí, después de indicarle a la amable señorita, que añadió que en su boda se había puesto unos pendientes similares, que me daba igual “lo que llevasen todas las novias”, porque a mí no me gustaban y no iba a ponérmelos, ni el día de mi boda ni nunca.
Y nos fuimos en dirección a la otra joyería, regentada por una señora de lo más amable (esta vez sin cursiva) a la que le compramos los pendientes y el collar de la foto (no el anillo, aunque no lo descarto) y una pulsera, todo ello sin rosetones ni horribles piedrecitas de colores. Cuando quiera un rosetón, me compraré una iglesia.



De la