Posteado por: Mninha en: 13.01.12
Dejando a un lado los flechazos, los encuentros en días señalados o momentos significativos (una boda, una tragedia, cosas así), puede que no haya mucha gente que recuerde la primera vez que habló con alguien, aunque ese alguien se convirtiese, con el tiempo, en alguien importante, muy importante (poner “el único”, “el amor de tu vida”, “el elegido” y otras cursiladas son eso, cursiladas, pero ya sabéis lo que quiero decir).
Yo sí recuerdo la primera vez que hablé con mi ahora marido (es mucho más que mi marido, pero ya he dicho que quiero evitar las cursiladas, así que deberá bastar con esa etiqueta). Fue el 16 de octubre de 1996, hace algo más de quince años, cuando le pedí su ejemplar de La Vanguardia para leer esta noticia. No sé por qué recordé aquel día, pero también lo recordaría él. No fue nada especial. Le pedí el periódico, leí lo que me interesaba y se lo devolví. No hubo flechazo, ni siquiera nos hicimos amigos entonces, pero todo empezó ahí, recién iniciado el segundo curso de la carrera. No hablamos en todo el primero, no comenzaríamos a ser amigos hasta tercero y no pasaríamos a ser algo más que amigos hasta cuarto. Sí, nos lo tomamos con calma.
Aunque sé cuándo fue la primera vez que hablamos, no sé cuándo lo que teníamos empezó a ser algo más que una amistad. Recuerdo las larguísimas charlas, los no menos largos paseos, las madrugadas hablando ante un chocolate caliente, que metía mi mano con la suya en su abrigo para calentarla (entonces los inviernos eran mucho más invernales que ahora), y recuerdo que aquellas navidades. las navidades de hace ahora trece años (yo vivía en otro sitio y las pasé con mi familia) se me hicieron interminables.
Pero las navidades terminaron. Volvimos a vernos e intercambiamos nuestros primeros regalos. Él me dio esta preciosa taza con patitos y yo a él una bufanda que le hice con mis manitas, no tan larga como la del cuarto Doctor pero igual de colorista (más, creo recordar).
Unos días después de aquello, ocurrió. Empezó como una tarde normal, como tantas otras, de paseo, café y charla. La tarde se convirtió en noche y la noche en madrugada (y hacía un frío del demonio) y, sin dar muchos más detalles… pasó (como sé que sois unos perversos, o perverzoz, como diría el tipo que nos casó, aclararé que fue sólo un beso; bueno, unos cuantos, pero nada más).
Hoy hace trece años de aquel 13 de enero (por cierto, que tenemos un copatrón en el blog: San Canuto). Mentiría si dijese que desde el primer momento fue todo perfecto o que estos trece años han sido un camino de rosas. Nos han pasado unas cuantas cosas malas a lo largo de este tiempo (hemos perdido a seres queridos, hemos perdido trabajos y pasamos seis años viviendo en ciudades diferentes) pero nada de eso ha minado lo que empezamos a construir aquel 13 de enero. Más bien al contrario. Se ha ido fortaleciendo con el tiempo. Puede que la nuestra no sea una historia de amor épica, de esas sobre las que se escriben poemas o se hacen películas, pero estoy más que satisfecha con lo que tenemos. Si la felicidad existe, creo que se parecería mucho a esto. Feliz 13, payito.
Posteado por: Mninha en: 13.01.12
Siguiendo el mismo espíritu tontorrón que me llevó a ponerle a este blog el título que lleva, busqué otro santo al que adoptar como copatrón para celebrar nuestro verdadero aniversario, el 13 de enero, del que hoy se cumplen 13 años (lástima que estemos en 2012 y no 2013, porque entonces la cifra sería perfecta).
El primer vistazo al santoral me dejó igual que estaba. No había nombres inspiradores, ni raros, ni nada. Profundizando en la búsqueda di con San Knut (os sonará si frecuentáis Ikea, esa gran divulgadora de la cultura nórdica), un tipo cuya fiesta se celebra hoy y que para suecos y finlandeses significa el fin de la Navidad (es el día en que recogen toda la decoración navideña). No me gusta la Navidad (sí ¡Qué bello es vivir!, los cuentos navideños de Dickens y los villancicos yanquis, que el odio por unas fiestas no está reñido con el buen gusto) y tampoco el invierno (mi estación es el otoño; lástima vivir en un sitio en el que no existe, ni la primavera), pero Knut no sonaba mal, así que me puse a investigar.
Para empezar, la fiesta originalmente está asociada a un príncipe danés, Canute Lavard, pero no se celebra en Dinamarca, sólo, como he dicho más arriba, en Suecia y Finlandia. No es lo único raro de la historia, porque parece que ni los propios vikingos tienen claro en honor de quién es la fiesta, si del tal Lavard o de su tío, Canute IV de Dinamarca. Se supone que uno de los dos decretó la ampliación oficial de la Navidad hasta el 13 de enero. Eso de entrada bastaría para no adoptarlo, pero tiene un nombre irresistible, sobre todo si usamos la nomenclatura con que la Iglesia Católica lo canonizó (al tío, no al sobrino): San Canuto.

La festividad del tal San Canuto no se celebra hasta el 19 de enero en eso que se conoce como cristiandad, pero viene mejor a mis propósitos celebrarlo hoy, así que, con vuestro permiso, hoy me declaro sueca. O finlandesa, aún no lo he decidido.
Posteado por: Mninha en: 13.01.12
La taza de los patitos fue la primera que me regaló mi ahora marido, cuando ni siquiera estábamos juntos, algo que ocurrió unos días después de este regalo. Esta taza es la primera de una extensa colección (yo ya tenía unas cuantas pero con él nació la colección propiamente dicha), tan extensa que o dejamos de comprarlas o empezamos a romperlas, porque no sé ya dónde nos las vamos a meter. La taza cumple ahora trece años en una salud envidiable (y tras un intenso uso), aunque hace unos meses decidí concederle el retiro que se había ganado con creces. Quiero que siga en tan buen estado unos cuantos años más.
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